Una Pascua para vivir y testimoniar

Una vez más llegamos admirados y agradecidos a la pascua de Jesús y de la Iglesia. ¿Qué vamos a hacer con todo esto? ¿Qué haremos con tanto? ¿Qué va a significar para nosotros y para el mundo este exceso de posibilidades? La experiencia paradigmática de los apóstoles urge a quienes somos hoy el cuerpo eclesial de Jesucristo. Hemos visto, oído, contemplado… pero ahora hemos también de aprovecharnos de todo lo acontecido.

Lo que contemplamos es que “Él pasó haciendo el bien”, esto es, anduvo desparramando el “amor eterno” que proclama el salmo. Toda su vida pero especialmente su pascua fue un desbordar un amor distinto: “lúcido y activo”, eficaz, transformador, sensato, osado, indiscernible, decisivo… Se le pueden sumar todos los adjetivos de las experiencias propias, personales y comunitarias.

El último libro editado de J. Saramago –se llama Claraboya- termina dejando una sensación angustiosa para quienes somos aficionados a la buena literatura. Uno de los protagonistas sentencia: “El día que sea posible construir sobre el amor no ha llegado todavía…”. Todas las historias contadas –de personas y familias- quedan condenadas a la frustración existencial por esta contundente conclusión. Sin embargo, esto sólo revela la triste ignorancia de lo acontecido en la semana más determinante de la historia humana. Ese día, el que Saramago no puede reconocer ensombrecido como está por la nostalgia y el pesimismo, ha llegado. No sólo ha llegado, ha irrumpido aunque sin estridencia hollywoodense. Ahora nos toca a nosotros hacerlo capaz de cimentar la construcción de la sociedad y de la historia sobre el amor distinto del Resucitado.

Para esto precisamos dar al menos dos pasos hacia la configuración auténtica del discipulado. Hay que interiorizar para que los frutos sean abundantes y sabrosos. Se supone que para eso nos ha servido la cuaresma. Es verdad que, la oscuridad de la madrugada, la material y rocosa realidad del sepulcro, la angustia por no saber “dónde lo han puesto”, pueden conspirar en contra. Lo vivido por María de Magdala funciona a modo de símbolo de las sombras que suelen escondernos los clarísimos signos de la victoria de Jesucristo. Nuestro tiempo y nuestro hoy nos abruma con sus sombras y oscuridades. Cada uno puede aquí hacer memoria de las propias angustias. No obstante, ahora toca a cada uno poner todo de sí para que la gracia de la revelación nos conduzca de la piedra corrida, de los vendajes en el suelo y de la sospechosa ausencia de un cadáver, a la alegría del cumplimiento de las promesas. Promesas que recién hoy comprendemos con lucidez suficiente.

Todavía falta para completar el primer paso. Porque interiorizar significa algo más todavía. La dimensión contemplativa, que hemos mencionado arriba, incluye, en cristiano, lo experiencial. Esto es determinante de la autenticidad evangélica. Lo dice Pablo y algo de eso aparece en la segunda lectura: con Cristo o en Cristo hemos padecido, hemos muerto, hemos permanecido en el sepulcro y hemos resucitado victoriosos e imbatibles. Esto tiene que ocurrir porque lo que sigue después depende de esta experiencia de los discípulos. En la pascua nuestras heridas tienen que cerrar y tenemos que sentir alivio; nuestras tristezas tienen que encontrar consuelo y sentir que nos invade una alegría, no total pero sí real y definitiva; tienen que pasarnos cosas parecidas a las que gozaron los discípulos.

Si así ha ocurrido entonces demos el segundo paso: ¡llegó el tiempo de testimoniar! La revolución acontecida en nuestros corazones y en nuestras comunidades se debe expandir para encender todo a nuestro alrededor. Es tiempo de misión pascual. Iremos leyendo la experiencia eclesial de los Hechos de los Apóstoles. Así, con ese ímpetu y ese entusiasmo debemos sorprender al mundo. Lo que traemos de esta semana pascual excede las expectativas espirituales, morales, religiosas, políticas, sociales… del mundo. Nos toca ahora trabajar en la determinación y la lucidez para transmitirlo.

El autor de esta homilía

Category:
Spanish