Sin vendas ni velos: el poder amical de Dios - Fray Emiliano Vanoli, OP

Éste es el día en torno al cual gira todo nuestro año, todo el tiempo humano, toda consideración sobre el sentido del universo entero. Así como una semana tiene su norte, su centro de gravedad en el domingo, día en el que nos dedicamos con mayor ahínco al Señor, así el año tiene ese centro que da sentido a todo el tiempo humano: el día de la Pascua, el día que Nuestro Señor Jesucristo pasó de la muerte a la vida. Un “hoy” que celebramos durante ocho días; así de importante es este día! “Éste es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en él!

Hoy consuma el plan que Dios, desde toda la eternidad, preparó para los que lo aman. Jesucristo, entregándose una vez a la muerte por amor ganó para nosotros la vida eterna. Ahora sólo basta que nosotros queramos unirnos a Él para alcanzarla. Cada año, cuándo celebramos la Pascua, tenemos esta posibilidad de ahondar nuestra unión con Dios, más aún, cada día tenemos la oportunidad de dar este paso. Y sin embargo experimentamos una y otra vez que hay cosas que nos atan y velos que nos cubren el rostro, que nos ocultan de Dios, que no dejan ver y comprender este misterio de la misericordia de Dios.

Cuándo Juan y Pedro entraron al sepulcro, nos dice el Evangelio de hoy, vieron y creyeron. ¿Qué es lo que vieron? La tumba vacía en primer lugar, pero además las vendas y el sudario. Las vendas con las cuales estaba atado de pies y manos el cuerpo de Cristo estaban arrojadas al piso y el sudario que cubría su rostro estaba “enrollado en un lugar aparte”. Estos detalles son significativos: las vendas nos recuerdan el milagro de la resurrección de Lázaro. Jesús quiso manifestar allí el poder y la gloria de Dios, su poder y su gloria, pues habiendo sido avisado de la enfermedad de Lázaro, en lugar de curarlo decidió resucitarlo, es decir, devolverle a la vida. Ante la tumba de su amigo, frente a la orden soberana de Jesús, Lázaro sale de ella atado de pies y manos, las vendas apenas le permitían caminar y moverse. La resurrección de Lázaro es, en efecto, sólo una vuelta a la vida anterior, finita y limitada. En cambio Cristo con su resurrección rompe definitivamente con estas vendas, con estos límites que experimentamos a diario, límites de nuestra existencia frágil, límite de nuestros pecados, de nuestros falsos ídolos, de nuestras esperanzas pasajeras y fugaces. ¡Cristo resucitado tiene el poder de liberarnos totalmente, y sólo Él!

Sin embargo este poder Cristo lo ejerce de una manera muy particular, a la cual estamos poco habituados. Lo que vieron Juan y Pedro en segundo lugar en la tumba vacía fue el sudario “enrollado en lugar aparte”. ¿Por qué enrollado y no arrojado al suelo con las vendas? Este sudario, con el cual también estaba cubierto Lázaro al salir de la tumba, tenía la función de resguardar el rostro, señalando así la importancia y dignidad de esta parte del cuerpo humano. El rostro es lo que nos hace más fácilmente reconocibles y presentes frente a los demás. Por otro lado, el sudario que cubría el rostro de Jesús tiene que haber traído a la memoria de Juan y Pedro aquél otro velo sobre el rostro que usaba Moisés cuando salía de la Tienda de Reunión después de hablar con Dios cara a cara, como un amigo habla con su amigo. Aquí el velo tenia la función de cubrir el rostro radiante de Moisés pues se reflejaba en él lo gloria de Dios, y el pueblo, poco acostumbrado aún a esta cercanía inaudita de Yavé, temía morir frente a una presencia tal. Con su resurrección, Cristo corre el velo, ya no hay que buscar más, Él es el lugar de la presencia corporal de Dios, en su rostro se manifiesta la gloria de Dios, gloria que nosotros también estamos llamados a reflejar, gloria que es vida para el hombre.

La resurrección de Cristo rompe toda atadura, su poder no tiene rival y quiere hacernos partícipes de él a cada uno de nosotros, Dios quiere resurrección en nuestra vida, no quiere muerte ni pecado. Y la manera en la cual podemos acceder a este poder, la manera en que Jesús ejerce este poder, es personal. Encontrándonos con Cristo, cara a cara, como un amigo habla con su amigo, experimentaremos el poder que libera de todo mal. Lo inaudito de un Dios que se hace hombre para salvar a los hombres es que es ahora un Dios con un rostro humano, reconocible al modo humano, que ha tenido la condescendencia de adaptarse a muestras maneras de relacionarnos para entrar en nuestra vida y transformarla. Dios nos ofrece el poder de vivir su vida así como un amigo ofrece la amistad a su amigo.

Y sin embargo el Señor nos conoce, conoce nuestras idas y venidas, nuestras altas y bajas, que nuestros caminos no son siempre los de Él. Por esta razón el velo del rostro de Cristo estaba enrollado en un lugar a parte y no simplemente descartado como las vendas. Dios es paciente y humilde, respeta nuestra libertad y nuestros tiempos, y se toma el trabajo de ir corriendo nuestro velo de a poco, progresivamente, pedagógicamente. Dios como un buen amigo, sabe esperar el tiempo propicio. Cristo ya nos dio todo con su pasión, muerte y resurrección, de una vez para siempre, ahora nos toca a nosotros ir correspondiendo, cada día con mayor generosidad, a este don de una vida sin ataduras ni velos. Pidamos entonces al Señor que en este día nos conceda la gracia de un corazón generoso que corra por sus caminos hasta alcanzarlo definitivamente en le vida eterna.


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