El Adviento, tiempo de espera

La palabra “Adviento” viene del latín “adventus”: venida, advenimiento. El Adviento es ese tiempo en el que la liturgia nos hace revivir el triple advenimiento de Jesús: su nacimiento hace 2000 años, su venida a nuestras vidas en el tiempo presente y su venida en gloria al final de los tiempos.

El tiempo de Adviento es una invitación a redescubrir la presencia de Dios en el corazón de nuestras vidas, pero viene también a revelar en nosotros el sentido verdadero de la espera que por definición es anticipación de un suceso que ha de llegar. Los cristianos estamos en espera de la eternidad. Una espera que es al mismo tiempo esperanza.

Hay dos formas muy diferentes de esperar. Si el cielo es un vacío, cada instante de espera se hace exageradamente largo y el porvenir aparece totalmente incierto. Cuando por el contrario el tiempo se orienta hacia algo o alguien, entonces la espera hace al tiempo cada vez más precioso. Este tiempo de Adviento viene a decirnos que debemos ponernos a la “espera” para que algo justo y verdaderamente nuevo sobrevenga a nuestras existencias. Se trata de prever una venida, de preparar un sitio a Aquel que viene: “Decid a los espíritus abatidos: tened valor, no temáis: ahí está vuestro Dios que viene, viene a salvarnos”. (Is. 35, 4)

La espera no es un tiempo perdido. Es, al contrario, un período de alegría íntima pues Dios se ha hecho para nosotros niño. Es un tiempo de reflexión, a veces de cambio radical de vida. Es “ponerse a disposición” de Dios, es estar vigilantes: “Velad, pues no sabéis el día no la hora (Mt. 25, 13). Esta actitud espiritual da una imagen de la espera del Salvador completamente diferente de la preparación de Navidad con sus compras para las cenas y los regalos.

La liturgia del Adviento viene a vitalizar nuestra espera. Viene a atizar el fuego de nuestra fe en Cristo: el Mesías esperado durante siglos, anunciado por los profetas y que ha nacido en la pobreza de Belén. Durante las cuatro semanas que preceden al nacimiento de Jesús, somos guiados hacia la luz del Nacimiento por dos grandes figuras bíblicas: Isaías y Juan Bautista. Cada uno cumple una misión particular para que podamos reconocer al Mesías.

¡Y nosotros tenemos a la Virgen María! Tras la Anunciación se apresura hacia casa de su prima Isabel. La acción de gracias está en el corazón de la conversación de estas dos mujeres que esperan un feliz acontecimiento. Durante tres meses María se pone en acción y aprende, junto a Isabel, cómo vivir su nuevo estado de vida. A su vuelta a Nazaret, apoyada por la Palabra de Dios y por José, su esposo, María espera este nacimiento extraordinario en la discreción y total confianza en Dios.

En la espera de Jesús en nuestra vida la Virgen María nos apoya, es la madre de la espera y la esperanza. Gracias a ella la esperanza de todo un pueblo se ha convertido en salvación. Nuestros ojos contemplan la salvación de Dios porque María se ha mostrado disponible para ser la “esclava del Señor”.

Haciéndose presente entre nosotros, Jesús nos ofrece el don de su amor y la vida eterna. Con Jesús presente no hay tiempo vacío ni privado de sentido. Si está presente, podemos continuar esperando, incluso cuando el presente se hace difícil. Podemos avanzar con confianza.

Como Benedicto XVI nos lo recomendó en una homilía, pidamos a “la Virgen María, fiel discípula de su Hijo, que nos obtenga la gracia de vivir este tiempo litúrgico vigilantes y activos en la espera”.

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