“Convertíos y creed en el Evangelio”

¿Convertirse antes de creer? Preferiría invertir la propuesta: Cree en el Evangelio y conviértete.

Convertirse y creer están indisolublemente unidas. La conversión empieza por la fe: ¡fiarse de la palabra de Jesús, creer en Dios cuando me dice que me ama y estar absolutamente convencido de que su amor es para mí!

Cuando admitamos que ya estamos salvados por el don de Cristo, entonces las actitudes, los comportamientos, cambiarán en nuestra existencia. No contemplaremos la vida y a los otros de la misma manera.

Inspirados en el Evangelio y en el judaísmo, las propuestas de penitencia como la limosna, la oración y el ayuno a las que la Iglesia invita, no son prácticas a realizar por sí mismas, una ascesis que aseguraría las gracias del Dios bondadoso. Los sacrificios que quizá hagamos, están destinados a aportarnos beneficio o mejora, primero para nosotros mismos.

La oración sirve a nuestro conocimiento de Dios para caminar con Él. La limosna sensibiliza nuestro corazón hacia el prójimo por el interés real hacia los demás y el compartir concreto de los bienes y las personas. El ayuno, en el sentido más amplio, sostiene la vida personal con una invitación a desprenderse de las servidumbres del cuerpo, a liberarse de toda sujeción, a no estar encadenado por nada ni por nadie. Estas prácticas no se nos proponen para acumular méritos en vista de una recompensa ni menos aún para contentar a Dios. No se trata de esfuerzos ocasionales, contabilizables, prácticas efímeras, sino más bien de actitudes profundas que sirven en primer lugar para quien las observa.

Generalmente, se entiende convertirse como la obligación de transformarse completamente. Y nos convencemos de que debemos cambiar radicalmente la conducta, la mirada, el corazón… Todo para que Dios nos tenga en consideración, nos escuche, nos otorgue su gracia, escuche nuestras oraciones. Dios pondría condiciones a su amor, ¡vaya equivocación!

La conversión no debe ser considerada como la imposible exigencia de transformación que volcaría a golpe de voluntad al pecador, que soy yo, en persona virtuosa. La conversión no es el esfuerzo imposible para cambiar, imitar el modelo ideal, exterior, y poder por fin así atreverse a acercar a Dios. La conversión es en primer lugar una consecuencia de la fe. Considerar que el Evangelio es una buena noticia para mí y adherirme con todo mi ser. Reconocer que soy amado incondicionalmente por Dios y aceptarle. Creer con seguridad para mí en la salvación por Cristo y aceptar dejarme salvar. Entonces el deseo profundo y verdadero de responder a estos dones de Dios crecerá y de ahí resultarán transformaciones concretas en mi vida ordinaria. Si vivo en esta seguridad del amor, de la misericordia, de la salvación, entonces en efecto todo cambia y se transforma.

Convertirse no es sólo empezar de nuevo, sino creer en la Palabra que nos hace recomenzar, como Magdalena, Zaqueo, el ladrón o Pablo de Tarso… Es decir, como los que confiesan de verdad que su corazón siempre ha buscado a Dios, a pesar de una historia personal quizá embrollada, tortuosa, desfalleciente. Los que, pase lo que pase, reciben de Dios la vida y el amor que siempre ofrece. El cambio difícil consiste pues en no verme como un culpable definitivo que debe a toda costa enmendarse, sino simplemente creer en el amor que se me da, acoger la misericordia que me pone en pie ante Dios en medio de la creación. El resto, es decir la moral, y también los verdaderos cambios, la caridad, el servicio a los otros… sí, el resto vendrá todo seguido.

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