¡Venite, adoremus!

Homilía predicada en el convento Santo Tomás de Aquino de Toulouse, el día 7 de enero del 2007


Es de noche . El viento sopla sobre las colinas de Belén. El cielo está raso y las estrellas brillan. A uno le entran ganas de pararse para observarlas, estas estrellas, como lo han hecho los hombres de todos los tiempos, desde los astrónomos hasta los litúrgicos, pasando por los exploradores y los poetas… Ya que los astros fascinan. Su pureza, su belleza extraña y su caracter inaccesible ofrecen múltiples sujetos de contemplación.

Es la noche de Belén. Una noche de paz en el que el cielo oscuro está constelado de estrellas. Una paz frágil ya que sobre ella se extiende una sombra, la sombra del rey Herodes.

Mientras tanto, en Jerusalén, unos magos han despertado una emoción… ¿Existiría otro rey de los Judíos que acaba de nacer … ? Su candidez ha provocado la duda y el miedo. El miedo de los poderosos que creen que su poder es amenazado, el miedo de ser arrollados por la desaparición de todo un mundo.

La llegada de un niño siempre molesta un poco. Habrá que hacerle un sitio, en casa y en la familia. La llegada de un niño-Dios va a provocar unos cambios inauditos. Una verdadera revolución, puesto que sólamente hay un trono para dos pretendientes. Herodes sabe, que tarde o temprano, estará amenazado y va a intentar mantenerse en su sitio.

Los magos iban en busca del Rey de los Judíos, y no encontrarán sino el pequeño reino de Jerusalén, sometido al Imperio romano. Querían encontrar al rey de la paz, de la justicia y de la verdad, y van a entrevistarse con el rey del engaño, del mal cálculo y de la masacre de los Inocentes.

Herodes querrá resistir a la voluntad de Dios. En vano.

No sirve de nada querer luchar contra las profecías –¡Sobretodo si éstas son divinas !- Y es cierto que Herodes lo hará todo, absolutamente todo, para impedir la venida de este jefe que será el pastor de Israel. Lucha contra la evidencia. Como el que se hunde en las arenas movedizas y que es tragado más rápidamente si se mueve y se agita, Herodes se hunde en la violencia y en la ceguera.

Entre los pintores modernos que representan, según mi opinión con mucho gusto, las escenas de la Escritura, encontramos a Arcabas. En uno de sus cuadros, Herodes recibe a los magos en Jerusalén. Está sentado en su trono. Es un cadáver en la barra de la muerte. Está inquieto y triste. Descubrimos ante nuestros ojos el trono del engaño y de la violencia. A unos kilómetros de allí, en un pueblecito de Judea, el trono de la Sabiduría nos da a Jesús, luz nacida de la luz.

El tirano tiene la intención de apagar esta luz, de soplar sobre esta pequeña lámpara en la noche antes de que se propague. Caso perdido para Herodes ya que nunca volverá a ver a los magos. Estos tomarán de nuevo el camino. Los magos comprendieron que el astro que vieron anunciaba a alguien que tenía otra envergadura que la de Herodes. Y es con alegría que vuelven a encontrar « su » estrella.

Estos hombres que han dejado su lejano país son hombres de deseo. No dudan en dejarlo todo, cuando Dios les avisa. Saben discernir y su salida no es un antojo, un capricho. Un astro se ha levantado, y hay que seguir la estrella e ir a adorar al que nos ha sido dado. Van a seguir una estrella y van a encontrar otros astros más brillantes que el astro sobre el cual habían puesto su mirada. Van a hallar al Niño, con María, su madre. Después del encuentro sombrío de Jerusalén y de la entrevista con Herodes, encuentran la luz.

Los magos vienen a ofrecer sus presentes al Niño que acaba de nacer. Se han dado muchas interpretaciones de este relato. Estos magos representan a la humanidad, a todos esos hombres que serán reunidos por la misma fe común en Jesucristo, nuestro Salvador y nuestro Dios. Podríamos decir que,los regalos que le ofrecen son los regalos de cada hombre, de cada uno de nosotros.

Le ofrecen oro .

Es el oro del silencio, un producto raro y precioso en nuestro mundo que no sabe guardarlo. Nuestras sociedades modernas son sociedades de la comunicación en las cuales no se sabe escuchar. Son sociedades de la imagen en las que ya no se toma la molestia de mirarla. Son sociedades del ruido que ya no saben callarse. Curiosa paradoja de nuestros contemporaneos que se quejan por el ruido pero que finalmente son incapaces de guardar silencio, porque el silencio da miedo, porque es cuando nos encontramos frente a nosotros mismos y frente a Dios. Porque evidentemente, el silencio es oro. Es el silencio del que sabe mirar y callar. El silencio del que entra en una iglesia, antes de la misa dominical por ejemplo, y que se calla, para evitar que la iglesia se convierta en el último salón donde se habla. Es el silencio del contemplativo…La escena delante de la cual nos encontramos no necesita comentario. Basta con saber mirar, basta con abrir los ojos del corazón. No ha sido necesario que alguien diga a los magos : “¡Es él, a no dudarlo!” Se arrodillan y se prosternan delante de Él. ¡Bienaventurado el que haya hallado un tal tesoro ! ¡Éste ofrecerá su silencio a su Dios !
Por la manos de los magos, nosotros mismos ofrecemos el oro del silencio.

Le ofrecen incienso .
Es el incienso de la oración, la que nosotros hacemos subir hacia el Señor a lo largo de nuestra jornada. La oración que marca verdaderamente el ritmo de nuestra vida, ya sea en el marco comunitario o bien personal. Me gusta decir que las diferentes horas del oficio divino marcan nuestra jornada, son nuestra respiración. Nada resulta tan verdadero. Sin la fidelidad a la oración, la vida del creyente y a fortiori la vida del religioso se seca …y nosotros también. Es también el incienso del sacrificio del buen olor que debe ser toda vida cristiana, y todavía aún más especialmente la vida de aquellos que han sido consagrados al Señor. ¡ Ojalá este incienso no falte jamás en nuestra vida para que seamos siempre agradables a Dios !
Por las manos de los magos, nosotros mismos ofrecemos el incienso de la oración.

Le ofrecen mirra .
Es la mirra del embalsamador, la que se utiliza cuando se termina la vida, una vida repleta. Con un gran respeto, el cuerpo del difunto es honrado. No se quiere que la inexorable corrupción le alcance. Es también la mirra que forma parte de la composición de muchos perfumes… y del licor de los Benedictinos. Por una extraña alquimia, desaparece en una combinación a menudo secreta en la que cada elemento ejerce un papel fundamental…para los especialistas. Es por fin la mirra mencionada a lo menos por siete veces en el Cantar de los Cantares. Olor embriagador del amor compartido, de este amor más delicioso que el vino que cantan los dos amantes en estas hermosas páginas de la Escritura. La mirra : el perfume de la vida, el perfume para la muerte. Un perfume de amor que atrae al otro. Un perfume de amor que llega hasta respetar el cuerpo inerte del otro.
Por la manos de los magos, nosotros mismos ofrecemos la mirra del amor.

El oro, el incienso y la mirra.
El silencio, la oración y el amor.

He aquí tres componentes esenciales de nuestra vida cristiana.

Es toda la vida cristiana que venimos a ofrecer al Niño del pesebre.

Ea, pues, hermanos y hermanas, si, de madrugada, encontramos el tren de los tres reyes que van de viaje, no dudemos un sólo instante en unirnos a ellos.

¡Sigamos a los magos ! Ellos nos conducirán a Belén. Y podremos ofrecer nuestra pobre vida a Jesús que acaba de nacer. Y Él en cambio, se dará a nosotros. Esto es la maravilla de Navidad : Dios se da. ¡Y da su vida abundantemente !

¡ Sigamos a los magos ! Seguro que habrá un sitio para nosotros en el cortejo. Cada uno encontrará un sitio : de guardaespaldas, de paje, de rey tal vez …¡Todo menos de camello !

¡ Sigamos a los magos ! ¡ Miremos la estrella, miremos a María ! ¡Ella es una estrella delante de la cual se derriten los ángeles, una estrella que conserva su luz en presencia del Sol de Justicia ! ¡ Y acaba de darnos a su Hijo, su Dios y su todo !

¡Venite, adoremus!
Amén.

Category:
Español