Dejar que el Señor transfigure nuestras vidas

Hermanos y hermanas:

Permitidme haceros una pregunta en este segundo domingo de Cuaresma. ¿Por qué habéis venido a esta iglesia esta mañana?
Para celebrar misa, evidentemente. Para oír la palabra del Señor y recibir su cuerpo, claro está. Quizá porque es domingo y hay que cumplir con su deber de cristiano, cómo Dios manda, muy bien.
Si habéis venido a esta iglesia esta mañana, es también por otra razón: contestar a la invitación del Señor que quiere que subamos con él a lo alto de una montaña. No a cualquier cumbre, sino al Tabor, el monte de la Transfiguración.

Acabamos de oír un texto que conocemos bien, el de la Transfiguración y no sé si os habéis fijado, pero este texto está construido como una misa. Tomémoslo de nuevo.

Primero, Jesús sale con Pedro, Juan y Santiago. No está solo. Nos sucede lo mismo a nosotros. El domingo por la mañana, cuando nos encontramos para celebrar misa, no estamos solos. Nos encontramos con los demás, en un lugar particular.

Después, Jesús y sus discípulos salen a un monte para rezar. No se quedan en su casa. Van a otro lugar donde estarán tranquilos. Si suben a un monte, es que en la Biblia la montaña es el lugar del encuentro con Dios. Hacemos lo mismo: venimos al encuentro de Dios, salimos de nuestras casas.

Aparecen dos personajes con Jesús: Moisés y Elías. Son dos hombres del Antiguo Testamento. No sé si os habréis fijado que, en cada misa del domingo, nuestra primera lectura casi siempre viene del Antiguo Testamento. Y en el evangelio que acabamos de oír, los dos hablan con Jesús, como si quisieran mostrarnos que hay una relación entre ellos y Jesús, entre la antigua alianza y la nueva, entre el Antiguo Testamento y el Nuevo… Evidentemente, sí que existe esta relación.

Otro elemento: Pedro toma la palabra y dice “qué bien que estemos aquí” Estar con Jesús es cosa buena, agradable. Quizás sea un recuerdo para cada uno de nosotros para que nuestros encuentros del domingo sean siempre momentos fraternos, bellos y agradables, para que cada uno se sienta acogido por los demás, para que finalmente nos cueste irnos de aquí…

También los discípulos ven el cuerpo de Jesús glorificado. Nosotros también vamos a verlo, cuando el sacerdote lo enseñe, diciendo “éste es el Cordero de Dios”.

Finalmente, nuestro evangelio acaba con el silencio. También nos quedaremos en silencio, después de la comunión, en acción de gracias.

Sí, hermanos y hermanas, este texto viene elaborado como una misa, una misa en la que celebramos un gran misterio, la Eucaristía.
Y la Eucaristía, como la Transfiguración, es además, un misterio del Santo Rosario.

Ya sabéis que durante la Cuaresma, se supone que hacemos algún esfuerzo para volver al Señor. Si todavía no habéis encontrado el vuestro, os voy a hacer una sugerencia. Esta semana, vais a meditar un misterio del rosario, sólo uno, el que queráis… para pasar un rato con el Señor.

Meditar un misterio en la Cuaresma para entrar en el misterio de la Cuaresma.
Para dejar que el Señor transfigure nuestras vidas.
Amén.

El autor de esta homilía (en francés)

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