Encontrar un claustro... ¡para el Rosario!


Claustro de la Abadía de Fontfroide – Francia

El 31 de mayo del 2009


Las tarjetas para la Promoción General del Rosario han sido distribuidas por decenas de miles. Representan, en el frente, una fotografía tomada por fray Louis-Marie Ariño-Durand, OP, y pueden ser utilizadas como una predicación sencilla y evocadora. Todas tienen el mismo respaldo, en las grandes como en las pequeñas: en ellas encontramos, en las tres lenguas oficiales de la Orden dominicana, el eslogan del sitio «Reza, predica, vive… ¡el Rosario!»

 

¡Un claustro!

¡Me gusta tanto caminar desgranando mi rosario! Y en un claustro, se puede meditar y caminar al mismo tiempo. Como se trata de un lugar abierto hacia el exterior, la luz y la sombra se mezclan bajo los arcos. Y el que se pasea por él pasa entre las luces y las sombras.

Luces y sombras: ¡Así es la vida! Caminando y rezando en un claustro, paso entre la luz y la sombra. Paso en medio de lo que hace mi vida. Ya que la existencia no es únicamente luz o únicamente oscuridad.

Decir su rosario en un claustro, es pasar por el medio de la vida con su oración. Andar rezando, es acordarse que tenemos un cuerpo…y ¡el Rosario es una oración encarnada! Se parece sencillamente a la vida, con sus alegrías y sus penas.

También el claustro quiere ser una reproducción en miniatura del paraíso terrenal: una forma perfecta, el cuadrado, es lo que se escoge más a menudo. En el interior, una naturaleza muy acicalada recuerda el jardín de los orígenes. Además, la presencia de una fuente o de un pozo refuerza esta evocación.

En el claustro, aprendemos a familiarizarnos con el paraíso. A través de la meditación de los misterios del Rosario, frecuentamos a Jesús y a su Madre y, finalmente, casi inconscientemente, aprendemos a semejarles ya que se convierten en nuestros compañeros de camino.

Basta con que busquemos un claustro, en un monasterio, tal vez, pero también en nuestro corazón. Dios mismo vendrá a morar en ese lugar de silencio.


He aquí el Rosario: un camino desde la tierra hasta el cielo, con María que nos muestra a su Hijo.

Basta con andar, pacientemente, en silencio, a través de las sombras y las luces de la vida y abrir de par en par su corazón.

¡Y Dios vendrá a nuestro encuentro, sencillamente… tan sencillamente!

Fr. Louis-Marie ARIÑO-DURAND, OP
Promotor General del Rosario

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