Gracias, Señor

Homilía predicada en el convento Santo Tomás de Aquino de Toulouse, el 21 de marzo del 2008, Viernes Santo


Es la hora de las tinieblas,
El terrible anuncio de los profetas se cumple: el inocente ha sido condenado a muerte.
Una muerte vergonzosa, innoble: la de la Cruz.
La muerte del Hijo del Padre. La muerte del hijo de la Madre.

Hermanos y hermanas, miremos la Cruz del Señor, como lo han hecho tantos cristianos y tantos santos antes que nosotros ! Miremos a Cristo que sufre y aguanta su Pasión hasta la muerte. El Señor « me ha amado y ha muerto por mí! » (Gal 2,20) ¿Os dais cuenta? ¡Qué locura!

No volvamos la cabeza al Crucificado.
Él es el Hijo del Padre.

Hasta el último momento, la multitud ha podido escoger. La alternativa entre Jesús, el Hijo del Padre, El que está en los cielos y Barrabás, cuyo nombre, cruel ironía, significa …Hijo del Padre! La multitud ha escogido, los lobos han aullado con los lobos, y el Rey de la Gloria ha sido burlado.

La voz de esta chusma puede parecernos muy lejana y sin embargo, en el centro de esas vociferaciones, se oyen los gritos de nuestras traiciones, pequeñas o grandes, de nuestros caprichos, de nuestra mediocridad. Somos nosotros quienes, finalmente, escogemos muy a menudo renegar a Cristo, escogemos a otro hijo del padre, a otro ídolo que puede ser yo mismo u otro o más bien el padre de la mentira…

No volvamos la cabeza al Crucificado. Él es, tal vez, un reproche vivo delante de nuestros compromisos, de nuestras cobardías. Hasta el último momento, la chusma ha podido escoger. Lo mismo ocurre con nosotros. Escojamos al « buen » Hijo del Padre. Escojamos a Cristo, al Hijo del Dios Vivo, antes que sea demasiado tarde.

No volvamos la cabeza al Crucificado.
Él es el Hijo del Padre, de Nuestro Padre.

No volvamos la cabeza al Crucificado.
Él es el Hijo de la Madre.

Y ella está allí, al pie de la Cruz del Señor. La Madre merece, sin conocer la muerte, la palma del martirio. Ella conoce los peores sufrimientos, la Madre que había dado a luz sin dolor, por el nuevo nacimiento de los hombres a la vida divina.

María está allí, cuando el fruto de sus entrañas – y ¡qué bella es esta expresión, suprimida demasiado rápidamente de nuestro Ave María!- y se lo arrancan. Es lo peor que puede ocurrirle a una madre, la muerte de un hijo.
Y Jesús nos la da, esta mujer que es nuestra Madre.
María está allí, al pie de la Cruz.
Está allí, de pie. Stabat Mater.

No volvamos la cabeza al Crucificado.
Él es el Hijo de la Madre, de nuestra Madre.

No volvamos la cabeza al Crucificado. No apartemos la mirada de Cristo que sufre en el cuerpo de nuestros hermanos enfermos, agonizantes, descuartizados por las adversidades de la vida. No necesitan discursos -María se calla en el Gólgota-. Necesitan nuestra mirada llena de compasión y de amor, necesitan nuestra presencia que habla muchísimo mejor que las palabras…

¡Y sepamos dar gracias a Dios por los regalos inauditos que hoy nos otorga!

Te damos gracias, Señor, por tu Hijo, tu Hijo y nuestro hermano, expuesto a las miradas de esta humanidad que no quiere de Él, ¡Salvación del mundo en altar de la Cruz!

Te damos gracias, Señor, por la Virgen María, que está de pie junto a la cruz y que nos enseña lo que debemos hacer por aquellos cuyo sufrimiento aplasta : la oración, la presencia y la compasión.

¡A las lágrimas de dolor, de vergüenza tal vez, pueden reunirse también las del reconocimiento… eterno!

Gracias, Señor
Gracias.

Amén

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