Jubileo 2016 - Lectio divina para el 7 de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Rosario

¡Victoria!


Lectio

Grita de júbilo y alégrate, hija de Sión: porque Yo vengo a habitar en medio de ti -oráculo del Señor-.

Aquel día, muchas naciones se unirán al Señor: ellas serán un pueblo para Él y habitarán en medio de ti. ¡Así sabrás que me ha enviado a ti el Señor de los ejércitos! El Señor tendrá a Judá como herencia, como su parte en la Tierra santa, y elegirá de nuevo a Jerusalén. ¡Que callen todos los hombres delante del Señor, porque Él surge de su santa Morada! (Za 2,14-17)


Studium

Al final del Antiguo Testamento, el libro de Zacarías –cuyo nombre significa al que Dios recuerda- se dirige al pequeño resto del pueblo judío, en el mismo periodo que el profeta Ageo. El libro está compuesto por dos partes: la primera presenta las visiones del profeta y la segunda una serie de oráculos.   

Zacarías ofrece un esbozo completo de la historia de los hombres dado que su propósito concierne en primer lugar al pueblo de Dios y luego va a extenderse a todas las naciones. Él describe el rechazo del Mesías por Israel así como el arrepentimiento de su pueblo y por último el reconocimiento del Cristo que viene a establecer su reino de paz. Sin duda, el regreso del exilio de Babilonia aconteció históricamente, pero la verdadera liberación de Sion estaba aún por venir. La salvación dada por Dios supone una interiorización, la presencia de la gloria de Dios en el corazón de su pueblo.

La restauración de Jerusalén, descrita en el capítulo 2, es un llamado a la fe, al júbilo y al silencio delante de la grandeza de Dios. Es la alegría de la victoria cuyo mérito es solo de Dios. El reconocimiento de este poder absoluto en Dios conduce al pueblo a la adoración.

Este anuncio alegre y dinámico de la presencia de Dios en medio del pueblo de la alianza es más que un estímulo. Entonces, que el pueblo atraviese un periodo de duda y de incertidumbre abre perspectivas que van mucho más allá de lo esperado por el pequeño resto de Israel. El plan de Dios es de extender su reino a todas las naciones y de reunirlas en un solo pueblo.

Israel se transforma, de una cierta manera, en el corazón del mundo. La hija de Sion debe entonces cantar de alegría porque el Señor viene a permanecer en ella. Este es el cumplimiento de las promesas mesiánicas que se han aquí anunciado. Mucho más que un regreso a la tierra prometida dada a su pueblo, se trata de un reinado universal de la gloria del Altísimo.

En contraste, esta visión del profeta Zacarías muestra que el tiempo que él anuncia vendrá y sorprenderá a los hombres: un misterio de exultación, pintado de interioridad va a hacer volver la mirada de todas las naciones hacia Jerusalén.


Meditatio

Es la victoria de Dios la que celebra el pueblo de Israel en la profecía de Zacarías. Victoria sobre sus enemigos, es verdad, pero más profundamente, victoria de Dios en el corazón de su pueblo. Este llamado a la interiorización es una incitación para que cada uno busque en su interior la presencia de Dios.

Esta profecía es puesta en relación con la Anunciación del Señor. La Encarnación es un motivo de alegría profundo para la Virgen María, hija de Sion, pero también para toda la creación. Ella anuncia la venida del que va a salvar su pueblo, Jesús. En el silencio de su corazón, en la intimidad de su relación con Dios, por su fiat, María vuelve a abrir la puerta que Eva había cerrado. El Señor acaba de establecer en ella su morada y ella va rápidamente al lado de su pariente Elizabeth y deja estallar su felicidad en el Magnificat.

En este día en que celebramos a Nuestra Señora del Rosario, estos textos nos recuerdan la intervención de Dios en la historia de los hombres. Se trata de la conmemoración de una victoria, la de Lepanto, el 7 de octubre de 1571, sobre el ejército turco en el Mediterráneo, que fue celebrada litúrgicamente como la fiesta de Nuestra Señora de la Victoria. Esta batalla, cuyo resultado fue sin duda fuente de alegría para el mundo cristiano de la época, no debe ocultar la batalla que se libra en el interior de cada uno, el combate entre el bien y el mal.

Es en el corazón de cada uno que la victoria se debe conseguir, dejando a Dios establecer su morada entre nosotros.


Oratio

Señor, tú que has establecido tu morada en María, la hija de Sion, danos la alegría de saberte acoger como ella. Que ella nos enseñe, por la meditación del Santo Rosario a reconocerte en cada uno de los instantes de nuestra vida. Tú que conoces nuestras debilidades, sostennos en el combate y danos la victoria, tu Victoria. Te los pedimos por Jesucristo, nuestro Señor y nuestro Dios, que vive y reina Contigo y el Espíritu Santo, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.


Contemplatio

¡Dios, concede la salvación! ¡Dios, concede la Victoria!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

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