María, la que no ha tenido miedo

María no tuvo miedo y es evidente que hubiera tenido muchísimas ocasiones de conocer este sentimiento cuya experiencia hacemos todos. María no ha sido protegida, y algunos de los episodios que nos cuentan los Evangelios nos enseñan muy bien que la actidud de la madre de Cristo ante las situaciones inesperadas o conmovedoras es un signo para nosotros que tenemos miedo tan fácilmente. Miedo a nosotros mismos, miedo a Dios a veces, miedo a los otros a menudo, miedo a lo desconocido por fin.

María vive todos los acontecimientos de su vida en la confianza y el abandono. Cuando el miedo hubiese podido llevársela y sumergirla, ella reacciona, a menudo con el silencio, siempre bajo la mirada de Dios. No es desarmada por el acontecimiento que que acaba de turbar sus costumbres o sus proyectos. Se eclipsa siempre delante de Dios a quien deja finalmente la iniciativa y el dominio de lo que sucede.

Tomemos tres acontecimientos en el que el miedo no ha tenido ninguna influencia, y durante los cuales no ha tenido miedo.


La Anunciación : la fe aleja el miedo

La visita del ángel Gabriel era un motivo de sorpresa. Y apesar de ello, María no tiene miedo. Siente solamente una pequeña turbación y el mensaje acaba de tranquilizarla, ordenándole que no tiene por que temer. El temor, por supuesto, no es elmiedo. El está unido al sentimiento de respeto lleno de amor y de consideración que debe de inspirarnos la divinidad. Gracias a su humildad y a su confianza, María hace desaparecer el miedo de este acontecimiento único y maravilloso. Por su fe, María, aleja el miedo que paraliza y con su Fiat generoso y espontáneo, se lanza por el camino que le traza el Señor.

María, mujer de fe, hubiese podido tener miedo a Dios, al proyecto para ella. Y sin embargo, se deja conducir, se abandona totalmente a la voluntad de Dios, pase lo que pase. María se llama a si misma la esclava del Señor, la que depende completamente de él… Ella sabe muy bien, guiada por su fe sencilla y pura, que depende de Dios en todo.

María, mujer de fe, hubiese podido tener miedo a si misma. En un acto de falsa humildad, hubiera podido decir que no era digna de tal visita y de tal destino. María no conoce la falsedad. No puede hacer otra cosa sino inclinarse delante del Señor y hacer su voluntad. Después de dar su consentimiento no puede hacer otra cosa sino cantar las maravillas que el Todopoderoso ha hecho por ella.


Las Bodas de Caná : la esperanza aleja al miedo

La celebración de la boda, en Caná de Galilea, se presenta mal : el vino, ingrediente fundamental de toda fiesta, iba a faltar y María se dio cuenta. Ella, se percató que una catástrofe iba a ocurrir…Y una vez más, María da un salto hacia lo desconocido. Se atreve, llena de confianza, a dirigirse a su hijo para que salve la situación. Y no se desanima ante la respuesta tajante de Jesús que, finalmente, satisfacerá la petición de su madre. Este pasaje que conocemos bien es conmovedor natural y lleno de vida. Nos empuja muy naturalmente a poner nuestra confianza en María para que ella interceda por nosotros.

María, mujer de la esperanza, hubiese podido tener miedo a su Hijo, a su reacción tal vez un poco dura. No obstante, ella es madre, su madre. Finalmente, obtiene lo que deseaba, con la persuasión y la bondad que la caracterizan. En ese momento, ella pone una confianza total en el que viene a cumplir las promesas de los profetas. María sabe, - el ángel, Gabriel se lo ha dicho – que el que ha nacido de ella será grande, poderoso, y salvará a su pueblo.

María, mujer de esperanza, hubiera podido tener miedo a los otros, a la mirada que hubiesen podido posar sobre ella. Sin embargo, María es tan transparente que pasa desapercibida, solamente se ve su confianza. Ella que espera contra toda esperanza sabe que nada es imposoble a Dios. Entonces sin ni siquiera formular una petición explícita a su hijo, le basta con exponerle la situación. Ella sabe que él ha comprendido y se esconde en la oración y la acción de gracias.


La Cruz : la caridad aleja al miedo

Sobre la Cruz, Jesús da su vida por nosotros, por cada uno de nosotros, personalmente. Y María, en lo más alto del dolor, está allí como una madre cerca de su hijo que sufre. Su corazón se desgarra. Es transparente : allí se cumple la terrible profecía de Simeón cuando Jesús fue presentado en el Templo. María comulga misteriosamente a los sufrimientos de su hijo. Por amor, María está al pie de la Cruz. Por amor, está de pie en ese momento terrible. Y allí, en el Gólgota, no tiene miedo. Ella sufre porque ama. Sufre porque el que ella ama por encima de todo sufre injustamente. María es el sufrimiento mismo y es todo amor.

María, mujer de caridad hubiese podido tener miedo a la muerte. La muerte de su hijo, la suya…Pero al pie de la Cruz, una vez más, se olvida de si misma, se retira. No es la hora de las grandes reflexiones. Es la hora del amor de una vida que se da, de un Dios que viene a salvar a la humanidad que se ha extraviado. Es la hora del amor.

María, mujer de caridad no ha tenido miedo a la muerte. No ha apartado su mirada de la Cruz, de su Hijo. Y nos invita por su ejemplo a hacer lo mismo. Un cristiano no debe de apartar su mirada del árbol de la Cruz que lleva la salvación del mundo. Cristo viene a aniquilar a la muerte que nos asusta tanto. María, mujer de caridad, sabe muy bien que el amor verdadero espanta al miedo y es más fuerte que la muerte.

María, mujer de fe.
María, mujer de esperanza.
María, mujer de caridad.

Es la plenitud de la vida cristiana que abarca la vida de María. Esta Vida en Cristo es la que ha vencido a la muerte. Esta Vida de la cual es alejado todo miedo.

 

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