Mirad a María

Homilía predicada en Córcega el día 15 de agosto del 2006


Hermanos y hermanas, si hay una cosa que no se podrá suprimir en nuestra Francia laica, es el puente de la Asunción. Y con todo, muchísimos de nuestros contemporáneos ni siquiera saben lo que celebramos hoy.

Hoy celebramos la Virgen María, patrona principal de Francia. Celebramos a aquella bajo cuya protección están cobijados tantos pueblos, tantas órdenes religiosas y tantos cristianos desconocidos.

Estamos invitados a dirigir nuestras miradas hacia aquella que ha recibido tantas bellas advocaciones à lo largo de la historia del cristianismo: Madre del Amor Hermoso, Madre de Dios bellísima…Y ella ha sido elevada a lo más alto del cielo, a la gloria de su Hijo.

¡Su Asunción es para nosotros un gran motivo de alegría! porque anuncia el camino que todos estamos invitados a tomar, al final de nuestra existencia terrestre. La Virgen es la que ha vivido su «sí» a Dios plenamente. ¡Ella reina al lado de su Hijo en la gloria! ¡Esta fiesta, su fiesta, es también la nuestra y debemos alegrarnos, mirando hacia esta Madre tan pura!

Si la Iglesia nos invita, todos los años, a celebrar la memoria de la Asunción de la Virgen María, no es solamente para tener el placer de oír los mismos textos, a fecha fija, aunque sean bonitos, digámoslo así. Si somos invitados a meditar estos textos, es para que descubramos cada vez algo nuevo, es para que nos acerquemos a Cristo, cada vez más, por María…

Entonces permitidme que os haga una pregunta: Hoy hace justo un año, que vine por primera vez a vuestra parroquia, para ayudar a vuestro cura-párroco en las celebraciones del día 15 de agosto. Decidme, ¿Qué ha cambiado para vosotros, en vuestra vida espiritual, desde el año pasado?

¿Habéis decidido rezar un poco más … en familia y por qué no?
¿Habéis tomado de nuevo vuestro rosario, para recitar, de vez en cuando, una decena… o dos… o el rosario entero?
¿Habéis tomado el tiempo (además, teóricamente, durante las vacaciones, estamos un poco más disponibles) de abrir una Biblia, de vez en cuando, aunque sólo sea para descubrir los textos de la misa del domingo… o bien para leerlos de nuevo los días siguientes?

Si vuestra respuesta es positiva, ¡Bravo!
Si es negativa, tal vez sea necesario que toméis ciertas medidas, que se imponen, para que vuestra vida cristiana no se endormezca. Ir a misa, está bien, muy bien, yo diría que es fundamental. Pero no es suficiente. Y no os digo, claro está, que el año que viene no venga a comprobar si lo habéis cumplido…

Os propongo que toméis a la Virgen María como modelo. Ella es la que hace la voluntad de Dios en todo. ¿Cómo saber la voluntad de Dios para cada uno de nosotros si no tomamos el tiempo para pedírselo, si nos contentamos con vivir nuestra vida cristiana como una rutina, como una costumbre?

María es atenta, escucha y en el silencio de su corazón Dios viene a hablarle. En el silencio de su vida el Señor viene a su encuentro para proponerle lo inimaginable : ¡Ser la Madre de Dios!

Si hoy, María, está en la gloria del Cielo, es porque ha sabido escuchar la palabra de Dios y la ha guardado. Es proclamada bienaventurada, porque ha creído. Como lo dice tan bien Isabel, ¡María es bendita entre todas las mujeres! Cuando María declara que todas las generaciones la llamarán bendita,, anuncia lo que hacemos incansablemente.

Hermanos y hermanas, tenemos que mirar a María, debemos seguir su ejemplo. Tenemos que pedirle su poderosa intercesión. ¡Ella que está tan cerca de su Hijo! Ella que, en Caná, supo influenciar la voluntad de su Hijo, cuando ya no tenían vino, ¿Cómo podéis imaginar que abandone a sus hijos necesitados y que claman hacia esta Madre tan pura?

En este día en el que, en tantos santuarios, las miradas de los cristianos se vuelven hacia Nuestra Señora, ya sea en Lourdes, Fátima, Rocamadour, Czestochowa… o también en las pequeñas capillas de nuestras diócesis, miremos hacia María y hagamos nuestra la hermosa plegaria de San Bernardo de Cleravo.

«¡Oh tú, quien quiera que seas! que estás en medio de esta marea del mundo, que te sientes a la deriva en medio de las tormentas y reveses más bien que en la tierra firme, no apartes tus ojos de las luces de este astro, si no quieres naufragar bajo la borrasca.
Cuando se desaten las ráfagas de las tentaciones, cuando veas que te diriges hacia los arrecifes de la adversidad, ¡Mira la estrella, llama a María!
Si el orgullo, la ambición, los celos te enrrollan en sus olas, ¡Mira la estrella, grita hacia María!
Si el furor o la avaricia, si los sortilegios de la carne sacuden la barca de tu alma, mira hacia María.
Cuando, estés atormentado por la grandeza de tus faltas, avergonzado por la suciedad de tu conciencia, aterrorizado por la amenaza del juicio, invadido por el abismo de la tristeza, por el precipicio de la desesperación, piensa en María.
En los peligros, en las angustias, en las situaciones críticas, piensa en María ¡Grita hacia María! Qué su nombre no abandone tus labios, que no deje tu corazón, y que para alcanzar lo que pides, no ceses de imitar su vida.
Si la sigues, no te perderás; si la rezas, jamás desesperarás; si la guardas en tu pensamiento, nunca tropezarás. Que te sostenga y no caerás; que te proteja y no tendrás miedo; bajo su amparo, no habrá cansancio; gracias a su ayuda, llegarás al puerto.
Y es así como tu propia experiencia te enseña la verdad de esta frase : «¡El nombre de la Virgen era María! »

Amén.

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