Un saludo para la Asunción

Homilía predicada en Córcega el día 15 de agosto del 2005


«Un signo grandioso apareció en el cielo : una Mujer, teniendo el sol por manto, la luna como escabel bajo sus pies y en su cabeza, una corona de doce estrellas».

¿Quién es esta mujer, arrebatada a la gloria de los cielos, hacia la cual se dirigen nuestras miradas y nuestro corazón en esta fiesta de la Asunción? ¿Quién es esta mujer que se eleva hacia el cielo como una columna de incienso? ¿Quién es esta mujer, resplandeciente como el sol y bella como la luna?

Es la Virgen María, la humilde sirvienta de Nazaret. Es la Madre del Amor Hermoso, hacia la cual se inclina el Rey de los cielos, prendado por su belleza. La que ha dicho el «Sí» de todo su corazón a la voluntad de Dios sobre ella,, la que acogió con confianza y fe el mensaje del ángel.

Nosotros, los cristianos, estamos invitados como ella, a hacer plenamente la voluntad de Dios.
¡Aprendamos de María su disponibilidad, su dulzura y la fuerza de su fe ¡Aprendamos a decir «Sí» al designio que Dios tiene para cada uno de nosotros.

Para María, todo comenzó con un saludo, el saludo angélico. Un saludo que va a permitir la venida del salvador del mundo, Jesús, Hijo de Dios, Hijo de María, Madre de Dios.

¡Sí, María, te saludo, llena de gracia, el Señor es contigo!

Este saludo será seguido por otro saludo el que dirige hoy María a su parienta Isabel, encinta como ella. Es un saludo muy banal, un saludo de cada día, como el que tal vez hemos intercambiado esta mañana al llegar a la iglesia, con nuestros conocidos. Y sin duda este saludo no es como los otros : Dios va a entrar en la rutina de cada día y lo que era banal se convertirá en extraordinario. Y lo curioso del caso es que, no serán los adultos los que se darán cuenta los primeros de esta irrupción de Dios, sino que será un niño, que está todavía en el seno de su madre. El pequeño Juan Bautista que salta de alegría en el vientre de Isabel.

Nosotros, los cristianos, estamos invitados, como Juan, a saltar de alegría por el Señor, a saber reconocer, en la vida diaria, las maravillas que el Señor hace por nosotros. Y os aseguro, a menudo, basta con saber abrir los ojos. Juan es un testigo de las maravillas que Dios realiza. ¡Ojalá sepamos, nosotros también, ser testigos de Dios para quellos que nos rodean!
Estamos invitados, como Isabel, a dar gracias por esta visita de Dios en nuestras vidas. Dios nos invita a desear de todo corazón esta venida de la madre de nuestro Señor muy cerca de nosotros. Ella será nuestro guía más seguro, nos guardará de todo peligro y el último día, nos presentará a su Hijo, Jesús. Confiémonos a esta buena Madre sin temor: ella nos llevará a su Hijo, nos lo dará, si se lo pedimos.

María, mujer única, es un tabernáculo vivo : ¡Ella lleva al que los cielos no pueden abarcar ! María lleva en su seno el cuerpo de Jesús, ese Cuerpo que recibimos realmente en el momento de la Comunión durante esta celebración.

¡Sí, María, tú eres bendita entre todas las mujeres y Jesús, el fruto de tu vientre es bendito!

En ese momento, María, entona su cántico de acción de gracias, el Magníficat. Ella,tan silenciosa de costumbre, deja estallar su alegría. Su espíritu se alegra en Dios su Salvador, diciendo :¡Todas las generaciones me llamarán bienaventurada! y realmente es lo que estamos haciendo dos mil años más tarde. Bienaventurada eres, Virgen María, tú que has creído, ¡Reina de los ángeles y nuestra Reina ! ¡ Tú eres bienaventurada en la gloria del Cielo!

Nosotros, los cristianos, estamos invitados a esperar esta gloria del Cielo. Cristo nos ha abierto los cielos por su gloriosa Resurrección. María es la primera, que ha seguido a Jesús, al final de su vida terrestre y ha sido elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo. Ambos nos muestran el camino.

Y desde allá arriba, estamos seguros de que esta Madre tan pura, a la cual Jesús ha confiado a todos los hombres antes de morir en la Cruz, no nos olvida. Santa Madre de Dios, tú intercedes sin cesar cerca de tu amado Hijo por nosotros, tus hijos que todavía estamos en esta tierra. No olvides a aquellos por quienes esta existencia es un verdadero valle de lágrimas, a aquellos que sufren, que son traicionados, abandonados o aplastados por el peso de la vida. Vela por tus queridos hijos para que ni siquiera uno se pierda. ¡Ruega por nosotros que pedimos tu protección !

¡Sí, María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pobres pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte!

Entonces podremos cantar contigo, con los ángeles y los bienaventurados, la gloria de Dios. Le veremos cara a cara y entonaremos entonces tu Cántico de acción de gracias.

Y cuando Dios haya secado toda lágrima de nuestros ojos, entonces podremos cantar sin fin su fidelidad y su amor.

Es entonces, finalmente, que podremos verte, ¡Tú, la belleza misma!

Amén.

 

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