Dios espera en el hombre

Esperar contra toda esperanza, es lo que Dios hace ante todo con la humanidad, con cada persona: Dios cree en el hombre, en cada uno de nosotros. Cualquier cosa que me pase, tengo la seguridad de la fe en que Dios quiere lo mejor para mí. Yo mismo intento creer que soy capaz de lo mejor, y además quiero pensar que el otro es siempre más grande de lo que yo puedo ver o de lo que parece. Con Dios camino en la esperanza para mi y para el otro.

“No temas, yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre: eres mío. Si atraviesas las aguas yo estaré contigo, y no te sumergirás en los ríos. Si atraviesas el fuego no sufrirás y las llamas no te quemarán. Pues yo soy el Señor tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador. (…) Pues a mis ojos eres de gran valor, vales mucho y yo te amo” (Is. 43, 1-4)

Para Dios sólo importa el corazón, no hace distinción y ofrece su amor a cada persona. A cada uno pues, incumbe la libertad y la responsabilidad de acogerle. No estamos condenados o rescatados por el veredicto de un Dios que pesa nuestros actos o pensamientos, sino que la elección es nuestra. Dios nos ha hecho libres para elegir, podemos adherirnos a la salvación ofrecida. Dios desea ardientemente que el corazón del hombre le reciba y se abra a su gracia. Se sienta a la puerta y espera. La vida eterna no está en el futuro, en el más allá o después de la muerte. Ya ha comenzado, es nuestro tiempo ordinario que recibe una dimensión de eternidad, ya desde ahora.

Dejemos actuar a Dios en nosotros, es El quien santifica, el Señor vigila. Dios cuida de su amado cuando duerme… Abandonémonos al Espíritu de Cristo para tener la verdad en nuestro corazón. Avanzar en edad significa ir más allá de si mismo y de Dios. Envejecer es ir a lo más verdadero de sí y acercarse a lo esencial. Es apresurarse, es decir despojarse, deshacerse, desnudarse de lo no esencial para dar el paso, estar listo.

No sabemos cuándo vendrá el Maestro. No sólo es cuestión de esperar el retorno de Cristo en lo más desconocido, al fin de los tiempos. Tampoco consiste en estar dispuestos a cada instante a recibir la muerte que vendrá por sorpresa, como un ladrón. Al contrario, es estar dispuestos en cada momento a recibir la vida por sorpresa.

Dios espera de tal manera en el hombre que se va a hacer uno de nosotros. Envía a su mensajero a pedir a María ser la Madre del Salvador. Con plena confianza espera que ella acepte a colaborar con la obra de Salvación.

Por su “si” María permite a Dios encarnarse en ella. Hija de Israel, estaba aguardando esta esperanza: la venida del Mesías. Por si “si” recibe en su propio cuerpo al Verbo de Dios para darle su propia carne.

“Hágase según tu palabra”. (Lc. 1, 38) Es la más justa oración en la más perfecta obediencia, porque está en diálogo con otro, confiando en lo desconocido, dando el salto de la fe, dispuesta a todo. Dios se ha comprometido conmigo: que se cumpla en mí lo que dices, según lo que Tú quieres de mí, para mí y los otros. Mi esperanza se une a la de Dios.

Hágase en mí según tu palabra, esta respuesta resume toda la vida de María, está en el origen de su fecundidad. A lo largo de todo el Evangelio, la Virgen accede a los acontecimientos, gozosos o tristes, está disponible y dispuesta a todo lo que viene. Está, pase lo que pase, acogiendo la vida, preparada a todo lo que sucede. María acompaña a cada uno de nosotros en todas nuestras horas, buenas o dolorosas. Nuestra espera –con ella– está llena de esperanza.


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