El Adviento: renacer al “gozo del Evangelio”

El Adviento es un tiempo de espera gozosa de la venida del Verbo de Dios hecho de nuestra carne, este tiempo en el que Dios entra en “visitación” con su pueblo: Como María e Isabel se juntan y se reencuentran una con la otra en una común alegría el día de la Visitación, durante este tiempo de Adviento somos llamados a dejarnos reunir por Dios que viene a nuestro encuentro a visitarnos en nuestra carne y hacer nacer en cada uno de nosotros su propia alegría. La alegría de la Visitación nos emplaza pues en el corazón del misterio del Adviento, tiempo propicio para renacer a la “alegría del evangelio”, tan querida por nuestro Papa Francisco. A partir de este misterio gozoso de la Visitación podemos desgranar las características de la verdadera alegría cristiana.

La alegría de la Visitación es en primer lugar una alegría compartida. María, que acaba de acoger la promesa del ángel anunciándole que será la madre del Salvador, no puede guardarse esta alegría para ella sola; corre inmediatamente a compartir esta alegría con su prima Isabel. Si, la alegría del “Evangelio” es profundamente esta alegría que nos hace salir de nosotros mismos, como le gusta recordar al Papa Francisco, es esta alegría tan fuerte que no podemos guardárnosla y que nos es preciso compartir irresistiblemente. Es una alegría que, como María, nos hace salir de nuestra casa para difundirla a nuestro alrededor.

Pero esta alegría de la Visitación que nos hace compartir a nuestro entorno no es una alegría fácil que ignoraría las pruebas inherentes a toda vida humana. No, la alegría a la que estamos llamados a renacer, es la alegría de las pruebas atravesadas.

El día de la visitación, en efecto, María se dirige a toda prisa a casa de su prima Isabel y pasa por una región montañosa. Si, el camino está en cuesta, es difícil, pone a prueba, es pedregoso, como un buen número de nuestros caminos humanos, pero María lo atraviesa con ímpetu, porque se apoya en la única realidad que es sólida como la roca sin mostrarse nunca dura como la piedra: la roca de la Palabra de Dios que acaba de recibir del ángel el día de la Anunciación.

Esta alegría indefectible que tiene su fuente en la Palabra de Dios, incluso en las horas sombrías y de prueba, es una alegría profunda porque es una alegría que transfigura nuestras relaciones. Habitados por esta alegría ya no hay más dominio y subordinación entre nosotros, sino reciprocidad y colaboración. El día de la Visitación no es sólo María quien visita a su prima Isabel, sino que se saludan mutuamente y comparten mutuamente la misma exultación. Estas dos madres que la edad y la situación social podrían separar, manifiestan que son plenamente cooperadoras en el advenimiento de la vida en este mundo: ellas, llamadas infecundas, la una por demasiado anciana, la otra por ser todavía virgen, recuerdan a todos que nunca es tarde para tener una vida fecunda.

La alegría de la Visitación es aún una alegría que nos hace servir. Si María se apresura hacia la casa de su prima Isabel, es más que nada para estar al servicio de la vida que esta anciana lleva dentro de ella. María, que acaba de decir al ángel “Yo soy la sierva del Señor” manifiesta así que no lo ha dicho de labios para fuera, sino que se pone plenamente al servicio de un proyecto que la excede, sirviendo a su prima. María jamás lleva tanto a Cristo que cuando lleva a sus hermanos y se pone a servirles. Que ella nos ayude, en este tiempo de Adviento, a renacer a esta alegría que se comparte, que hace superar las pruebas, que transfigura nuestras relaciones y nos hace servir.


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