¡Cristo ha resucitado!

La muerte temporal y eterna extirpaba la vida sobre la tierra. Se alzaba cruelmente sobre hombres y mujeres; ansíanos, jóvenes y niños; sobre fuertes y débiles, nobles y siervos. En el horizonte humano asomaba la ruina, el final absoluto de toda expectativa, de toda esperanza. La muerte era el sin sentido total, el fracaso definitivo, la catástrofe de la existencia. La destrucción del propio ser torturaba la conciencia de los hombres. Las personas vivían sabiendo que morirían eternamente. El envejecimiento de sus cuerpos señalaba la dirección y destino de sus almas. El pecado de Adán tenía entonces consecuencias irreparables. El ser humano, imagen de Dios, persona irrepetible, ¡moría para siempre! ¡Moría un pequeño dios! Angustia, dolor, llanto, desesperación.

Pero de pronto, inesperadamente, misteriosamente, ¡apareció un hombre resucitado! La gran noticia se difundió con rapidez ¡Un hombre había vencido la violencia y el poder de la muerte! Un hombre rompió el límite natural del cuerpo y lo biológico. Un muerto, un cadáver real, ¡volvió a la vida! Pero no a la vida simplemente, ¡pasó a la gloria! Un hombre llegó a lo divino, a lo eterno, al más allá de Dios. El Señor metió en él su energía vitalizante, su vida divina eterna, para transformarlo en eterno, para acabar el exterminio de la humanidad. Un hombre superó la chatura del mundo, la corrupción del tiempo, la agonía del espíritu. Un ser humano saltó a lo permanente, a la vida plena y sin final. En Aquel hombre todo hombre fue transformado en ángel bienaventurado, en dios eterno con Dios. Ese hombre era a la vez el mismísimo Señor.

Este es el sentido de la Pascua cristiana. La Pascua de Cristo es el evento más significativo de la historia humana. Es “el hecho”, el acontecimiento por antonomasia, lo que ha convulsionado la historia universal. Es más importante que la creación del mundo. Es el comienzo de una nueva creación, una creación sin término, para siempre.

La resurrección fue lo primero que impactó y despertó entusiasmo sobre Cristo. Fue el objeto principal de la predicación de los Apóstoles, la verdad de la que todo Apóstol debía ser testigo (Hech 1, 22). Es el origen de todo lo que se investigó de Jesús, de todo lo que se escribió sobre su vida. Es lo que dio comienzo a la Iglesia, lo que impulsó el sacrificio de los mártires, lo que dio verdadera esperanza al mundo. La muerte y resurrección de Cristo es centro y culmen de toda la fe cristiana.

La fe en la muerte y resurrección

Así y todo, la Pascua de Cristo fue cuestionada también desde un principio y hasta nuestros días. Algunos dijeron que Cristo nunca había llegado a la muerte en realidad. Que se levantó en la noche del sepulcro y se apareció a los discípulos simulando un despertar glorioso. Otros negaron la resurrección diciendo que todo fue un invento de los discípulos. O porque ellos mismo robaron el cadáver (Mt 28, 11-15) y difundieron la historia, o porque alucinaron sobre ella ¡todos juntos! ¡Y muchas veces! Pero debemos creer que Cristo verdaderamente murió y resucito. No vale un hecho sin el otro. Uno y otro se fundamentan mutuamente.

Cristo murió realmente. La pasión es la prueba irrefutable: la flagelación, la corona de espinas, los golpes, la crucifixión, la lanzada, el frío del cadáver, la sepultura. Ningún testigo de la pasión vaciló sobre su muerte. Los soldados no le rompen las piernas como a los ladrones todavía vivos. Atraviesan su corazón con una lanza, descartando una supervivencia milagrosa. Sólo con esto hubiera bastado para matar a cualquier hombre. Pilato no entrega el cuerpo de Cristo sino luego de la comprobación oficial de su muerte. Las autoridades judías no lo dudan. Los que querían eliminarlo se habían persuadido del deceso, su plan ya estaba realizado. Inventan solo el robo del cadáver (“¡Los testigos dormidos!”; San Agustín), no había lugar para alternativas.

Cristo resucitó realmente. Sabemos esto por apariciones objetivas, y por fe. Los discípulos se encontraban lejos de toda mentira, sugestión o fantasía. Cristo debió convencerlos durante 40 días de la resurrección (Hch 1, 3). Estaban llenos de miedo, duda, desesperanza (Lc 24, 13-25). El Señor se aparece una y otra vez. Les muestra su cuerpo glorioso, hace tocar su carne eterna, les habla con las palabras sensibles de su boca glorificada (Lc 24, 36). Sus ojos, oídos y manos lo vieron, escucharon y tocaron, de día y de noche, en un huerto, en los caminos, en el cenáculo, sobre un monte, a orillas de un lago… Su imaginación fue realmente pasiva a las apariciones del resucitado. No podían entender cómo había vuelto a la vida. Lo habían visto morir con tanta violencia, con tanta sangre derramada, con tanto sufrimiento.

Aún así, de la certeza de la muerte, pasan, por pruebas empíricas y por fe, a la certeza de la resurrección. Recién entonces, y por la fuerza del Espíritu, pueden testimoniar con fe segura y esperanzada la muerte y resurrección del Señor. Predican con su vida (por esto mismo sin mentira): la fuerza y el poder de Dios sobre todo, la fidelidad de la providencia divina, el amor trinitario que salva de la muerte.

La plenitud de la existencia

La resurrección, más allá de las pruebas, continúa siendo un misterio de la fe. Somos niños en gestación. Ignoramos por completo el mundo que “allí afuera” nos espera. Pero por la fe sabemos que existen infinitos universos en el ser divino. El universo creado es pequeño y descolorido comparado con la inmensidad y belleza del Dios trinitario. El infinito ser divino esconde aventuras eternas para nuestros cuerpos transformados: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado a los que lo aman” (I Cor 2, 9).

El autor de esta homilía

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