Domingo de la Misericordia Divina

Para que cada alma exalte mi Bondad, deseo la confianza de todas mis criaturas. Invita a las almas a una gran confianza en mi Misericordia insondable. Que no tema acercarse a Mí el alma débil y pecadora. Aunque tuviera más pecados que granos de arena hay en la tierra, todo se hundiría en el abismo de mi Misericordia”. (Palabras de Jesús a Santa Faustina, Diario 1059).

Hoy se nos invita a introducirnos en el Corazón del Redentor, en su Corazón que se ha vaciado totalmente, en su Corazón muerto y petrificado a causa de nuestros pecados pero que vuelve a latir y se transforma en el Corazón del mundo…vuelve a latir con la fuerza renovadora de su Vida Resucitada y se transforma en el Corazón de todos nosotros…

Hoy nos introducimos en esta Herida abierta que es Fuente Viva; Herida abierta de donde brota el manantial de la Misericordia. Esa Herida es un Templo abierto en donde conocemos quién es Dios, quién es Jesucristo: tocamos el Corazón de un hombre y nos encontramos con el Corazón de Dios: ¡Señor mío y Dios mío!

Las heridas del Cuerpo vivificante de Jesús Resucitado nos están cantando la Misericordia de Dios. ¿Qué es esa Misericordia que hoy especialmente adoramos? La Misericordia es el mayor atributo de Dios en relación con sus criaturas. Es su Amor eterno que se vuelve compasión, auxilio, redención, perdón y reconciliación. La expresión Misericordia nos está diciendo, por sí misma, que Dios tiene un Corazón. Misereor Cor: Misericordia. Dios tiene un corazón que experimenta una compasión entrañable por la caída de su criatura. Y esta Misericordia ha querido redimirnos desde dentro…no sólo pronunciar una palabra apática desde su lejana cátedra, no sólo extender su mano para darnos la “dádiva” de su perdón o la limosna “lejana” de aquél que está cómodo con su pingüe sueldo y sus bolsillos llenos. Dios en su Hijo ha querido hacerse necesitado, pobre, sediento de nuestro amor. Tiene sed de nuestra confianza para derramar los torrentes de su Misericordia.

La Misericordia de Dios se nos muestra en haber querido asumir, en su Hijo amado, un Corazón como el nuestro. La Misericordia se nos muestra en ése Corazón que ha querido ser destrozado por la lanza, ése Corazón que vuelve a latir para siempre en la Resurrección y de donde mana la Gracia, la Luz, los Sacramentos de nuestra Salvación, la Iglesia misma. El Corazón de Jesús es la Misericordia encarnada:

“De todas mis Llagas, como de arroyos, fluye la Misericordia para las almas, pero la herida de mi Corazón es la fuente de la Misericordia sin límites, de esa fuente brotan todas las Gracias para las almas. Me queman las llamas de compasión, deseo derramarlas sobre las almas de los hombres. Habla al mundo de mi Misericordia” (palabras de Jesús a Santa Faustina, Diario n 1190).

¿Quién podría dudar de este Amor Misericordioso ante el Corazón herido por nuestro amor…? ¿Quién no tendría la confianza de arrojarse a ésos rayos de Luz y de Sangre que brotan de Él?

Ese Corazón palpitante de Jesucristo, que ha tocado Tomás, es el mismo que perdonaba a los grandes pecadores, que esperaba cansado y sediento a la samaritana. Es el Corazón que se partía de compasión al ver a la muchedumbre, abatida por jefes desalmados y leguleyos, como ovejas sin pastor. Es el Corazón misericordioso que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Es el Corazón que mira detenidamente a Zaqueo y le pide que baje y que le hospede en su casa. Es el Corazón que abrazaba a los niños contemplando en ellos un reflejo nítido de la Inocencia de Dios que no conoce el mal. Es el Corazón que ofrece la curación, el poder andar, a ese pobre paralítico que llevaba treinta y ocho años postrado en la cercanía de la piscina probática y que no encontraba ningún sostén que le llevara al agua de la Vida.

Es un Corazón que no amaba de una manera abstracta y aséptica sino que conoce la amistad de Betania, la casa de los pobres en donde solazarse. Es el Corazón que llora ante el misterio de la muerte de su amigo Lázaro. Es el Corazón que no tiene miedo de contaminarse “tocando” a los leprosos y sentándose a la mesa de los publicanos. Es un Corazón de Buen Pastor que desciende a los abismos más oscuros y cenagosos del herido corazón humano para que nunca más experimentemos el infierno y la soledad del desamor: “Aunque cruce por oscuras quebradas no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo”[fn]Salmo 22.[/fn]

¡Dios tiene Corazón! ¡Dios es Misericordia! ¡El Corazón Resucitado y traspasado de Jesucristo es la Fuente de la Misericordia! Y esa Misericordia se nos regala gratuitamente…Sólo nos pide la fe en su Muerte redentora, en la fuerza purificadora y vivificante de esos rayos de Sangre y Agua que brotan de la Cruz. Sólo nos pide la confianza: “Jesús, confío en Ti”.

Nos dice, hermosamente, el Beato Juan Pablo II hablando de este Corazón como la fuente de la Misericordia:

“La misericordia divina llega a los hombres a través del corazón de Cristo crucificado: “Hija mía, di que soy el Amor y la Misericordia en persona", pedirá Jesús a sor Faustina (Diario, p. 374). Cristo derrama esta misericordia sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que, en la Trinidad, es la Persona-Amor. Y ¿ acaso no es la misericordia un "segundo nombre" del amor (cf. Dives in misericordia, 7), entendido en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad, sobre todo en su inmensa capacidad de perdón?”[fn]En la canonización de Santa Faustina María Kowalska, en la octava de Pascua del año 2000.[/fn]

Hoy con Tomás el incrédulo, pero que se convierte en uno de los apóstoles que nos regala una de las profesiones de fe y de confianza más preciosas, queremos tocar la herida del Costado del Señor para, en su Corazón abierto, “tocar” la Misericordia.

¡Por la fe, en el camino revelador y comunicador de la Santa Humanidad de Jesús, el hombre puede tocar a Dios y ser tocado, purificado y recreado por El! Recibimos del Señor de la Vida el soplo vivificante del Espíritu y su mano herida y glorificada vuelve a plasmar su Divina Imagen en nosotros: “Posuisti super me manum tuam: quam admirabile est scientia tua!!”[fn]El introito de la Misa del Domingo de Pascua “Resurrexit”. Tomado, en su gran parte, del Salmo 138 y con una clara referencia a la aparición del Señor Jesús Resucitado a Juan en el Apocalipsis. El texto dice: “Has puesto tu mano sobre mí y resucité. ¡Qué admirable es tu Sabiduría! ”.[/fn]

El Nuevo Adán vuelve a plasmar, en su Misterio Pascual, a su criatura perdida y herida, ahora le va a comunicar el fruto más precioso de la Redención: El Espíritu Santo. Jesús sopla sobre la Iglesia naciente, sopla sobre nosotros, enviando su Espíritu vivificador, el Amor en persona, el Don del Padre y del Hijo.

Hoy el Señor Resucitado nos invita a entrar en su Corazón viviente y traspasado, su Corazón Divino-Humano, de donde brotan los Sacramentos de la Iglesia, que nos comunican su Vida, la Vida Nueva de su Pascua. De ese Corazón brota la Misericordia. Esa Misericordia que es lo único que puede poner un freno definitivo al mal. La oscuridad y la muerte ya no tienen la última palabra. La última palabra, la palabra definitiva la tiene la Misericordia.

Misericordia que se revela y comunica en el Corazón herido del Salvador. Introduciéndose en ése espacio de Misericordia es donde Tomás puede sanar su racionalismo y su incredulidad.

¿Quién de nosotros no necesita también ingresar en ese espacio abierto de la Misericordia del Corazón de Jesús? ¡Cuán asfixiados vivimos en nuestros cálculos matemáticos, en la metafísica del Dios incoloro e impasible, en el Relojero del cosmos a quién no le importan las aflicciones de su pobre criatura, pobre gusanito del cosmos…! ¡Cuán asfixiados vivimos en querer encontrar la redención en nuestras pobres fuerzas, en nuestras posesiones y codicias, en nuestro tener y hacer…! ¡Cuán alocadamente exprimimos nuestra pobre persona en la búsqueda de un placer que no puede silenciar la sed de Dios para El cual fuimos creados!

Hoy se nos invita a confiar en la Misericordia. Confiar es adorar, es entregar la existencia a ése Corazón en donde brilla la Misericordia. Confiar es dejar que la Sangre y Agua que manan de ese Corazón sin interrupción, puedan vivificar y hermosear nuestra vida, incluso nuestros desiertos, nuestro mar de muerte, aquello que a los ojos mezquinos humanos parece definitivamente perdido: ¡porque habrá Vida a donde llega el torrente![fn]“Et omnes ad quos pervenit aquam ista, salvi facti sunt et dicens: Alleluia, Alleluia” (canto del Vidi aquam para la aspersión del agua bendita en el Tiempo Pascual, inspirado en Ezequiel 47).[/fn]

El Torrente de Misericordia que brota del Costado de Jesucristo. ¡Jesús confío en Ti, Señor mío y Dios mío! Ambas exclamaciones van unidas, son un arrojo a la Misericordia.

El Resucitado no sólo nos muestra su Costado abierto, su Corazón-Fuente, que ahora vive para Dios, sino que introduciéndonos en lo más hondo del Misterio de su Amor y de su Redención nos envía. Y nos envía con la misma fuerza del Amor, con la misma dignidad con el mismo Padre lo envía a El mismo: “Como el Padre me envió así Yo os envío…”[fn]Juan 20, 21.[/fn] Nos adentramos en el Corazón de la Redención, allí palpamos y recibimos la Vida de Dios para llevarla, para descender, para continuar en el Espíritu Santo el envío del Hijo. La confianza ahora se traduce en misión, en vida nueva, en hacerse misericordia en la Misericordia. La confianza suscita las obras de misericordia espirituales y corporales.

Ahora bien, ¿a dónde somos enviados? ¿A quienes debemos llevar el Evangelio de la Misericordia? A los de corazón roto, a los pobres en el alma y en el cuerpo, a los enfermos, a los que no conocen el sentido de sus vidas…

¿Desde dónde somos enviados? Desde el Corazón de Jesucristo. Un envío que implica la permanencia de amigo en El. Permanencia en el amor y en el cumplimiento de su Voluntad. ¿Para qué somos enviados? Para hacer nuestro Su caminar, Su abajamiento, Su entrega de vida: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos…”[fn]Juan 15, 13.[/fn]

Somos enviados para lavar los pies cansados, abatidos y sucios de nuestros hermanos. La esencia del envío es reconducir los corazones al Padre por el Hijo en el soplo nuevo y vivificante del Espíritu Santo. Llevar a los hombres divididos por el odio, la violencia y el rencor homicida al gozo pleno de la Comunión Trinitaria: “Para que el Amor con que me amaste esté en ellos y Yo también esté en ellos. ”[fn]Juan 17, 26.[/fn]

¿Para qué somos enviados? Para dar la Vida, pero no la nuestra sino la de Jesucristo y nuestra pobre y pequeña vida en El: “Por Cristo, con El y en El.” En El, en Cristo…, sumergidos e introducidos en su Costado abierto por amor, palpando a Dios, amando desde El y siendo misericordia que sólo se aprende y se bebe del Corazón abierto del Crucificado y Resucitado. Allí aprendemos lo que es la Misericordia. “Misereor Cor…” No se puede vivir la Misericordia sin tocarla en el Corazón de Cristo; sin permanecer en ella. Pidamos la gracia de gustar esa Misericordia tan preciosa y poder hacernos misericordia en Ella.

Santa María Faustina Kowalska, tan injustamente tratada –la mayoría de los años de su vida religiosa- por sus hermanas de comunidad, víctima de tantas envidias y sospechas, de desprecios y habladurías, se dirigirá al Señor con una súplica heroica, sólo pide “ser misericordia” para todos, en especial para aquellos que la humillaban y la hacían sufrir. ¡Ojalá en el Corazón Resucitado de Jesucristo podamos hacer nuestra esta expresión de la Santa: “A nadie negaré mi corazón…!” Culmino con esa bella oración de Sor Faustina:

Ayúdame, Señor, para que mi corazón sea misericordioso de manera que participe en todos los sufrimientos del prójimo. A nadie negaré mi corazón. Me comportaré sinceramente incluso con aquellos que sé que abusarán de mi bondad, mientras yo me refugiaré en el Corazón misericordioso de Jesús…

En la Divina Misericordia de Jesús: ¡Santas Pascuas de Resurrección para todos los lectores!

(Dedico esta homilía a mi querido hermano Fr Rafael Requena de quién aprendí tanto de la Divina Misericordia y de Sor Faustina)

El autor de esta homilía

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