“Ese mismo día”, nuestro más grande día

Por tercer domingo consecutivo iniciamos el Evangelio con una misma referencia temporal: “El primer día de la semana”. “Ese mismo día” es un día inmenso e inagotable. Dura ocho días y lo celebramos como Octava de Pascua. Alimenta con su energía vital los cincuenta días de este tiempo. Nos conduce a su acabamiento en manos del Espíritu de Pentecostés. No hay otro día de tamaña significación y tan decisivo para la historia humana. De “ese día” reeditado anualmente por el misterio de la liturgia depende la experiencia cristiana hasta el fin de los tiempos.

“Ese día” es el del domingo de la Resurrección. Aquel “primer día de la semana” durante el cual, gracias al relato de Juan, pudimos sentir la incertidumbre de María Magdalena, de Pedro y del discípulo amado. Esto ocurría “de madrugada, cuando todavía estaba oscuro”. Horas después, “al atardecer de ese mismo día”, compartimos el primer encuentro de la comunidad de discípulos con el Resucitado. Ese “atardecer” fue el fin de la Octava de Pascua, el segundo domingo de la Resurrección. También Lucas cuenta los sucesos sorprendentes del “primer día de la semana” en los párrafos que preceden al texto de este domingo. Y hoy, por tercera semana consecutiva, expresamos el asombro que no se acaba, con más acontecimientos de “ese mismo día”. En fin, “ese día” ha sido infinito y seguiremos por siempre dependiendo de lo que ocurrió en sus increíbles veinticuatro horas. A ese día volvemos constantemente para renovar la conciencia de nuestro ser cristianos e Iglesia.

Esto es lo que vivieron los dos discípulos que caminaban hacia Emaús. Y su experiencia llegó a ser, con el transcurso de los siglos, un paradigma de lo que acontece a cada creyente cuando vive su encuentro con Jesús. Es, también, una experiencia eucarística que concentra todo lo que creemos y vivenciamos cuando nos reunimos en torno a la mesa de la Palabra y del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Es, por tanto, una narración eclesial sobre la esencia misma de lo que nos hace hermanos. Nos resulta un texto sumamente atractivo porque es la elaboración narrativa del ser cristiano en cada discípulo y en la comunidad.

Fue un día –lo sigue siendo, en verdad- tan decisivo que transformó de manera admirable a los discípulos. La victoria del Resucitado envalentonó de tal manera a la comunidad que, durante la Pascua, iremos siendo testigos del fervor y de la energía desplegada en la comunicación del mensaje cristiano. Hoy lo compartimos en la primera lectura en un párrafo que, con sus matices particulares, se irá repitiendo en varias ocasiones. La reiteración no será nunca aburrimiento sino el lento proceso de una conciencia cada vez mayor de algo que no agotaremos ni siquiera en el Reino. Por eso, será un perenne manantial de alegría y frescura para la vida de la Iglesia. Esto es incluso un criterio de lectura de la propia vida pascual. La comunidad debe sentirse reconstituida en su fuerza, en su entusiasmo, en la certeza del poder del Resucitado en su vida y misión. De lo contrario, habrá que determinar qué es lo que no funciona al mismo ritmo del misterio de Cristo.

El proceso que debiéramos vivenciar en este tiempo es el que hoy volvemos a leer en Lucas. Nuestros sentimientos y sensaciones, las que traemos de la vida, pueden entristecer también nuestros “semblantes”. Quizá también nos afecta alguna dureza en el corazón, alguna rigidez en el entendimiento; quizá algo de ceguera, etc. Pero, si la Pascua se completa en mí y en nosotros –y debiera ocurrir-, hoy nuestros corazones deben arder en el fuego resplandeciente de la Resurrección. El ardor debiera, además, relanzarnos con coraje inusitado a la proclamación de un mensaje del que el mundo tanto necesita: “el Señor ha resucitado”. Y esto es algo que puede cambiar nuestra historia.

El autor de esta homilía

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