“¡Invitemos!”… Recordando nuestra misión

Invitar a la oración mensual: un acto de caridad.

“Poner al alcance de alguien la posibilidad de rezar, como dar pan a quien tiene hambre, simplemente porque lo necesita en ese momento, es una gran obra de misericordia”, decía el P. Eyquem. Estas palabras nos remiten a las del Papa Benedicto XVI en su encíclica “Deus caritas est”: “La verdadera caridad consiste en llevar el amor de Dios al corazón del hombre.”

¿A quién invitar? A todo el mundo, por supuesto, pero sobre todo “tener la inquietud del privilegio por los pobres”, que está en la raíz de los Equipos del Rosario. La pobreza tiene diferentes rostros. Madre Teresa, tan familiarizada con la pobreza material y el hambre, afirmó un día que “en el mundo occidental, donde los hombres parecen más ricos, existe un hambre más grande y una pobreza más grande que la de las calles de Calcuta: una pobreza espiritual, una ausencia de sentido, la indigencia de quien ha renunciado al Señor, fuente y sentido de nuestra existencia”. Decía también: “La principal pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo”.

“El hecho de ser hermanos en humanidad y en muchos casos hermanos en la fe, debe llevarnos a ver en el otro un verdadero “alter-ego” (otro-yo), amado infinitamente por el Señor. Si cultivamos este rostro de fraternidad, de solidaridad, entonces la justicia así como la misericordia brotarán naturalmente de nuestro corazón”. (Benedicto XVI) Estas palabras se añaden a las del P. Eyquem: “Traer a alguien a formar parte de un Equipo conlleva mucha paciencia, infinito tacto y amor”.

Para entrar en relación con las personas adoptemos actitudes de benevolencia luchando contra todos los prejuicios. Combatamos todos los temores que las diferencias puedan suscitar en nosotros. Tengamos estima, interés por los otros, pongámonos en plano de igualdad con ellos. Acojámosles por lo que son, en una dinámica de “hacer con ellos”, más que “hacer por ellos”. Como lo hizo Pauline Jaricot. Su gran obra: “propagar el Evangelio por el Rosario” a los pequeños, a los pobres, a los que no tenían tiempo o fuerza para rezar tras duras jornadas de trabajo.

No enriquecemos al pobre, es el pobre quien nos enriquece” decía también el P. Eyquem. Una forma de decir que debemos aceptarnos unos a otros. ¿Estamos convencidos de que el otro con sus diferencias es una riqueza? ¿Qué tiene algo que aportarnos?

Evangelizar: una obra de la Fuerza de lo alto. En su carta pastoral de 1975 Pablo VI recomendaba: “que todos los evangelizadores, sean quienes sean, recen sin cesar al Espíritu Santo con fe y fervor”. “La evangelización se enraíza en una oración asidua, paciente y perseverante” (Cardenal Daneels, Banneux 2009)

La confianza: La parábola del sembrador (Mc. 4, 26-29) nos recuerda que el grano no puede sembrarse él solo, sin embargo en él está germinar y crecer. “Yo he plantado, Apolo ha regado, pero es Dios quien hace crecer” (1 Cor, 4-7) Sembrar, volver a sembrar, es reiterar la llamada, la invitación al encuentro. No siempre hay respuesta positiva e inmediata. “Hay que llamar una y otra vez” dice un miembro de Equipo. Añade que “nuestra misión de invitar no se paralice por la obsesión del éxito”. Recordemos el pasaje de la pesca milagrosa (Lc. 5, 1-11). Ante el fracaso, las dificultades, el Señor nos dice: “Inténtalo una vez más. ¡Ten confianza en mí y en mi apoyo, pues estoy junto a ti en la barca!”

“Maestro, hemos bregado toda la noche sin coger nada, pero porque tú lo dices voy a echar las redes”.

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