Un sacramento para descubrir: la Reconciliación

Los cristianos participan voluntariamente en las celebraciones penitenciales que les permiten reconocer sus pecados; pero emprender la vía de la confesión individual para algunos se hace un camino difícil. Pues recibiendo el sacramento de la reconciliación, el cristiano experimenta el perdón divino que toca y cura su situación particular. Es una experiencia liberadora y una fuente de alegría.

Primeramente es el amor de Dios, siempre presente y fiel

En la parábola del hijo pródigo (Lc. 15), el padre espera a su hijo y, lleno de compasión corre, se le echa al cuello y le abraza largo tiempo. Con este gesto de ternura el padre acoge con misericordia el arrepentimiento de su hijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc. 15, 21). Esta es pues la alegría de los reencuentros.

Sin el reconocimiento del amor de Dios, solo ante sí mismo, el hombre está en peligro de encerrarse en la culpa o de negar su responsabilidad y buscar un culpable: el otro, la sociedad… El cristiano, nadie mejor que los demás, se encuentra ante Alguien que le ama, el “Dios rico en misericordia” (Ef. 2, 4) siempre dispuesto a perdonar, sean cuales fueren sus actos o su pasado. “Me ha amado y se ha entregado por mí” (Gal. 2, 20) escribe San Pablo, que ha experimentado el amor de Dios.

En un artículo publicado en la Revista del Rosario (Revue du Rosaire, Marzo 1993, nº 44) Monseñor Raffin, arzobispo de Metz, llama la atención por el hecho de que en el Evangelio Jesús nunca ha perdonado los pecados a un grupo o a una multitud, sino siempre a personas tomadas individualmente: “Tus pecados te son perdonados” (Mc. 2, 5), “Ve y en adelante no peques más” (Jn. 8, 11). Cuando Jesús interviene, siempre es para restaurar la dignidad de la persona. Si Jesús tiene esta actitud es porque nos quiere salvar del mal, pero no de forma anónima: siempre ocurre en un cara a cara de confianza, o una palabra de amor y vida viene a iluminar nuestra petición de perdón.

“La conversión es un acto interior de particular profundidad donde el hombre no puede hacerse reemplazar por la comunidad (Juan Pablo II). Nadie puede decir por nosotros: “Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí” (Lc. 18, 38). Si necesitamos ayuda, la meditación del salmo 51 nos dice cómo Dios conoce íntimamente a cada hombre y viene en su ayuda ‘de mil amores’. Y Jesús nos ha dado el Espíritu Santo “que desvela el pecado, el consolador que da al corazón del hombre la gracia del arrepentimiento y de la conversión” (Catecismo de la Iglesia Católica nº 1433).

¿Quién nos hablará del amor de Dios?

Nuestro pecado se sitúa allí donde los actos de nuestra vida ponen obstáculo al amor de Dios por nosotros. A través del sacerdote es Cristo mismo quien escucha, quien convierte y absuelve al pecador. El sacerdote nos habla del amor de Jesús que ha dado su vida para salvarnos. Nos da una palabra de consuelo, la que Jesús nos dirige, nos reconforta y exhorta, personalmente, para ese preciso momento de nuestra vida. Es bueno oír decir por mediación de una persona que actúa en nombre del Señor esas palabras liberadoras y pacificadoras: “Yo te perdono tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Perdonados, podemos responder al amor de Dios

El sacramento de la reconciliación nos abre a un porvenir con Dios y nuestros hermanos en Cristo. En nuestros corazones purificados, “re-creados”, pueden elevarse cantos de alabanza y acción de gracias, que alegran nuestro corazón y el corazón de Dios. “Así mismo os digo, hay más alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta” (Lc. 15, 10).

Category:
Spanish