Una Pascua contra la crisis

Homilía de Fray Federico Martínez Chávez, o.p., de la Provincia de Argentina, para el Domingo de Resurección en Salamanca, el 12 de abril de 2009

¡Resurrexit sicut dixit! ¡Alelluia! Cristo, el que hasta hace unas horas yacía en el sepulcro, ha resucitado según su promesa. Este estribillo y todo lo que él expresa serán el pan de cada día durante el tiempo de la Pascua. Y qué bien nos viene en un tiempo tan duro como el que nos toca vivir a todos y sin excepciones. Es realmente muy bueno poder celebrar la Pascua en medio de los avatares de esta crisis global sin precedente alguno en la historia. Es, para los que creemos en Jesús, en su muerte y resurrección, una oportunidad inmensa. Tenemos ante nosotros una ocasión providencial de volver a vivir que no hay circunstancia, por excepcional y novedosa que sea, que pueda quedar fuera de la previsión del acontecimiento de la redención obrada por Jesús. Todos y todo han sido, son y serán tocados por la gracia restauradora y curativa que brota de la Pascua. Aunque también es cierto que existe la posibilidad de que la acción divina quede sin fruto. Pero es una única y terrible opción: mi negativa a ser tocado por Dios. Sin embargo, en el corazón y en el sentimiento del Padre no cabe la posibilidad de denegar la Vida a nadie que la pida. Así que a eso nos disponemos a partir de este gran “primer día de la semana” que, por muchos motivos, es el primero de la historia, el primero de la esperanza y el primero de nuestra Vida eterna.

Pero para sacar el mayor provecho a esta nueva y eterna Pascua será oportuno un consejo: vivirla en el hoy de nuestra historia. Esto significa, no sólo no abstraernos del aquí y ahora que nos toca vivir sino, mucho más aún, integrarlo plenamente a lo que la liturgia nos ofrece. No es sencillo, sobre todo porque no nos han enseñado bien a vivir religiosamente la realidad. No es raro que lo religioso y lo cotidiano corran paralelamente con poco contacto real entre ellos. Y lo cierto es que el Evangelio de Jesucristo es un modo de vida que pretende impregnar hasta los detalles más domésticos de nuestra existencia. Hoy tenemos una gran oportunidad frente a nosotros. La crítica situación mundial nos afecta y mucho a todos. O quizá haya algunos a los que no afecte, es cierto. Pero seguramente serán o inconscientes o alienados o, también, delincuentes. Para la mayoría es un tiempo muy difícil. En nosotros o en los más cercanos esta crisis está desgastando esperanzas, sueños, proyectos, etc. Muchos vivirán la agobiante experiencia del desempleo -que sólo quien la padece puede saber lo triste que resulta-; muchos verán sus planes frustrados; muchos tomarán conciencia de lo injusto que es ver postergada la propia vida por la ineficiencia y la ambición de unos poquitos… Como sea, a todos algo nos tocará y será penoso y difícil de sobrellevar.

Sin embargo, ahora nos toca celebrar la Pascua. Su alegría no es un andar ingenuamente contentos. Es una alegría profunda y realista que no oculta la crisis pero la sabe derrotada. No la oculta y por eso nos infunde lo que precisamos para trabajar por un bienestar que llegue pronto: fortaleza, laboriosidad, honestidad, solidaridad… No la oculta pero es alegría y de la buena. Por eso nos engendra el sentimiento de la esperanza teologal que sabe de la victoria y trabaja denodadamente por ella. Ya hemos vencido cuando la alegría de la Pascua ha penetrado nuestros corazones. De nada valdrán los millones inyectados en el sistema financiero, ni las nuevas normativas para el control del sistema económico mundial, ni tantas otras medidas del G20, de la ONU, de la OTAN, ni de todas las siglas y números, que más parecen un híbrido de crucigrama con sudoku, sin la esperanza de los corazones que asegura un futuro de renovación y bienestar. No hay recursos externos que puedan transformar cuando están en manos de espíritus deprimidos y pusilánimes. Por esto, los cristianos -pero los auténticos, o sea, los redimidos y redentores- somos hoy imprescindibles. En el tiempo de la Pascua nos disponemos a vivir y contagiar la energía que hace posible creer que podemos. Aquel a quien hemos traicionado, que hemos visto sufrir y morir, y que, en esta madrugada, hemos sabido Resucitado, nos asegura que nada hay que pueda frustrar los designios de felicidad que la humanidad tiene prometidos.

María Magdalena puede servirnos mucho para alentarnos. Era de madrugada cuando se acercó esperando encontrar a Jesús en el sepulcro; aún estamos en las penumbras y el frío de la madrugada que tanto desgastan el ánimo. Pero hay una fuerza interior que moviliza el corazón de María y que impulsa nuestra vidas hacia lo inesperado, lo inconcebible… hacia la Resurrección. Porque al fin, lo que siempre terminamos por comprobar es que Dios, el Padre de Jesucristo, siempre resulta imprevisible porque siempre es más y mejor que lo mejor que podamos imaginar. Dios es, según uno de los tantos nombres musulmanes, EL ÓPTIMO. Celebrarlo con este nombre en la Pascua es un alivio inmenso y una fuente inagotable de energía. Dejando que la Pascua nos contagie de su fuerza y alegría estaremos en condición de esforzarnos hasta alcanzar, como María Magdalena, la transformación radical de la propia vida, de la vida de quienes nos rodean y, de a poco pero a paso firme, también de la vida del mundo entero.

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