La fiesta de Pentecostés

Hay una guerra en el corazón humano entre el bien y el mal (I Pe 2, 11; St 4, 1-2; Gal 5, 17). Existe una fuerza en su interior que lo empuja a realizar el mal y le impide realizar el bien. Es la llamada concupiscencia o ley del pecado. Su tención es firme y permanente y procede del pecado original. Se presenta como un impulso desordenado, como una tentación del corazón, como una alteración de la inteligencia, de la voluntad, de la sensibilidad.

A esta fuerza tentadora se opone la potencia del Espíritu Santo (I Jn 4, 4). La batalla interior por el bien y la verdad es ganada por el Espíritu de Cristo. El “fuego” de la concupiscencia no puede ser vencido sino por el “fuego” del Espíritu, por el “viento fuerte” de Pentecostés (Hechos 2, 1-4). El deseo desordenado de la carne es ordenado por un amor y deseo más intenso que nos da el Paráclito divino (Rom 5, 5). El mismo Espíritu que ordenó el caos en la creación del mundo es el que ahora ordena nuestros “caos” interiores y nos da la paz.

Este es el motivo por el cual festejamos la Solemnidad de Pentecostés. La alegría de Pentecostés es el júbilo del triunfo sobre la concupiscencia y el pecado.

La ley del pecado

La ley del pecado es una ley contraria a la ley natural que inclina al hombre hacia lo malo (“Aunque quiero hacer el bien, es el mal el que se me presenta” Rom 7, 21). Es una tendencia espontánea, sensible o espiritual, anterior a todo acto de la inteligencia y la voluntad, y que persiste en contra de las decisiones voluntarias. Es tan universal y regular como las leyes de la naturaleza (los cuerpos caen, el sol calienta la tierra, los hombres se inclinan al pecado). Se presenta como la malicia de la voluntad, la debilidad del cuerpo y la concupiscencia de la carne. Es un desorden interior generalizado. La carne no se somete a la verdad del espíritu humano, se rebela contra ella, (“Siento una ley en mis miembros que es contraria a la ley de mi razón” Rom 7, 23). Los instintos se desorbitan (los padres matan a sus hijos en el aborto, los hijos a los padres con la eutanasia…). La sensualidad pierde toda objetividad e inteligencia (las mujeres desean a las mujeres, los hombres a los hombres, los adultos a los niños; los hombres quieren ser mujeres, las mujeres quieren ser hombres…). Las inclinaciones naturales al bien, al conocimiento de la verdad, a la vida en sociedad…se ven deformadas por la presencia de la concupiscencia. Aunque esta ley es universal en cada individuo tiene su particularidad e intensidad propia.

Cuando la voluntad se adhiere a la ley del pecado, no hay lucha, sino deliberada esclavitud. El pecado parece darse natural y espontáneamente y se lo exalta incluso como bueno. Aquí hay pecado formalmente. Esto es “vivir según la carne”. Sus obras son: “Fornicación, impurezas, libertinaje, ebriedades y orgías, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias” (Gál 5, 19-20).

Cuando el hombre se rebela contra la ley del pecado se da la lucha interior (“La carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne.” Gál 6, 16). Aquí comienza el drama del corazón humano (“No hago lo que quiero sino lo que aborrezco” Rom 7, 15). El hombre no puede vencer por sí mismo esta ley de su interior (“¡Pobre de mi! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?” Rom 7, 24). De aquí viene la necesidad del Espíritu Santo.

La ley Nueva del Espíritu

“¡Nos ha suscitado el Señor una fuerza de salvación!” (Lc 1, 59). Esta nueva fuerza interior es la ley nueva conseguida por Jesucristo. “La ley nueva es la misma gracia del Espíritu Santo” (Santo Tomas de Aquino, Suma teológica, I-II, 106, 1). Ésta es grabada en el alma de cada creyente (“Yo pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón, y seré su Dios, y ellos serán mi Pueblo” Jer 31, 33). La ley del Espíritu es la infusión del Espíritu Santo por la fe y el bautismo en Jesucristo. Es una fuerza o inclinación hacia la verdad y el bien, realizada por la Persona misma del Espíritu Santo. La ley escrita nos da a conocer la verdad y nos dispone hacia el bien. Pero la “ley Nueva está infusa en el hombre, no solo indicando lo que debe hacer, sino también ayudando a cumplirlo” (S Th I-II, 106, 1).

La fuerza del Espíritu Santo triunfa sobre el pecado y nos alcanza la victoria (“La ley del Espíritu de vida en Jesucristo me libró de la ley del pecado y de la muerte” Rom 8, 2). La lucha interior del hombre es ganada por la fuerza “que viene de lo alto” (“No te faltan medios de lucha, porque Dios está dentro de ti, y se te ha dado el Espíritu del bien”; “Es el Espíritu de Dios quién pelea en ti contra ti, contra lo que hay en ti contrario a ti”, San Agustín, Sermón 128, 8. 9). Sus frutos son: “amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia” (Gál 5, 22-23). Estos son los signos y las pruebas de la vida “según el Espíritu”. Movidos por el impulso del Espíritu nos convertimos en hijos de Dios (Rom 8, 14).

La petición del Espíritu

Se nos pide la voluntad de oponernos al mal y de realizar el bien, pero también la oración perseverante para conseguir el don del Espíritu. Es el ejemplo de la comunidad primitiva. Sobre ella descendió por primera vez el Espíritu Santo mientras oraban (Hech 2, 1-4). La insistencia es del mismo Cristo (“¡El Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan! Lc 11, 13; Jn 4, 10). Este el único modo eficaz de conseguir la paz y el sosiego interior.

Ven, Espíritu Santo, y envía desde el Cielo, un rayo de tu luz. Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz. Consolador lleno de bondad, dulce huésped del alma, suave alivio de los hombres. Tú eres descanso en el trabajo, templanza en las pasiones, alegría en nuestro llanto. Penetra con tu santa luz en lo más íntimo del corazón de tus fieles. Sin tu ayuda divina no hay nada en el hombre, nada que sea inocente. Lava nuestras manchas, riega nuestra aridez, cura nuestras heridas. Suaviza nuestra dureza, enciende nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos. Concede a tus fieles, que en Ti confían, tus sietes dones sagrados. Premia nuestra virtud, salva nuestras almas, danos la eterna alegría. Amén.

El autor de esta homilía

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