La Presentación del Niño Jesús en el Templo y su presencia en nuestra vida

La Ley judía manda que la madre ha de acudir al Templo para purificarse pasados cuarenta días del nacimiento de un varón (cf. Lv 12,1-8). Y, aprovechando esta circunstancia, María y José llevaron al Niño Jesús para presentarlo en el Templo.

Éste era para los judíos el centro del espacio y del tiempo. Pues, si Palestina era la tierra prometida y Jerusalén su capital, el Templo era el lugar donde Dios residía. Aunque el judío viviera en Roma, para él, el centro del mundo era el Templo de Jerusalén. Y su tiempo era regido, no por las fiestas paganas, sino por el calendario del Templo.

Cuando María y José presentan en él al Niño Jesús, lo están situando en el lugar que le corresponde: el centro de la existencia humana. Efectivamente, la vida de todo cristiano ha de girar en torno a Jesucristo. Nuestro mundo vital y nuestro tiempo deben de estar regidos por Él. Su Evangelio ha de estar presente en todo lo que hacemos, decimos o pensamos.

Este pasaje evangélico nos invita a reflexionar hasta qué punto hacemos presente a Jesucristo en nuestra vida. Porque, ciertamente, Él está presente en todo, pero puede que nosotros no lo tengamos suficientemente en cuenta. Y ello es una pena, pues así se nos escapa la dimensión espiritual que tienen el espacio y el tiempo en los que vivimos.

Cuando tenemos presente a Jesús en nuestra vida, nos damos cuenta de que realmente el Reino de Dios está entre nosotros (cf. Lc 17,21), en nuestro mundo. La presencia de Jesús es divinizante.

Pero para tener presente a Jesús… debemos vivir el presente. Es aquí y ahora cuando podemos –y debemos– tener experiencia de Él. Los recuerdos pasados o las ilusiones futuras pueden ayudarnos, pero no hay nada como compartir el momento actual de nuestra existencia con Aquel que es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6).

No olvidemos esto que Jesús nos dijo a sus discípulos justo antes de subir al Cielo: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Compartamos pues con Él nuestra vida.

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