El Sacrificio del Hijo y la “Pietas” del Padre

La liturgia de este II domingo de Cuaresma, siguiendo el ciclo B de las lecturas, nos presenta un díptico a contemplar: el sacrificio de Isaac y el misterio de la Transfiguración de Jesús. Brilla nuevamente la luz de la Santa Pascua a la cual vamos peregrinando en esta santa cuaresma: el sacrificio de amor de Jesucristo y la gloria de su Resurrección.

En obediencia a la palabra de Dios, Abraham a sus setenta y cinco años, abandona su país, su casa, sus costumbres, para peregrinar en busca de una tierra, la tierra de Dios. Se fía totalmente del llamado, de la palabra de Dios. Ahora, habiendo recibido al hijo de la promesa, a Isaac, con el gozo de ver su descendencia continuada en ése hijo esperado y anhelado, vive la gran prueba de su fe. El Señor le pide a su hijo: “Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac; vete…y ofrécelo en holocausto” Isaac es la única esperanza para que puedan cumplirse las promesas de Dios; no obstante Abraham obedece y sigue creyendo que Dios mantendrá su palabra, su fidelidad. Aunque todo amenace ruina quiere seguir esperando en la fidelidad de Dios, en su Alianza. Dios es siempre fiel a sus promesas: “pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos. Por eso lo recobró para que Isaac fuera también figura”[fn] Hebreos 11, 19.[/fn]

Dios no quería la muerte de Isaac, pero sí quiso acrisolar y hacer preciosa a sus ojos la fe de su amigo Abraham. Éste no le niega nada a Dios, se confía aún en la noche de su fe. Isaac va a tener un papel fundamental en la historia de la salvación: anticipa la figura de Jesús. Volveremos a escuchar esta profecía del sacrificio de Abraham en la noche santa de la vigilia pascual. Jesús es el verdadero Isaac, el Hijo Único, el Amado, la Promesa, en Él se bendicen todos los pueblos de la tierra; éste Hijo único será sacrificado por nuestra redención. Es lo que vamos a cantar, adorando la paradoja del “loco amor” de Dios por nosotros, en el Exsultet: “¡Qué admirable es tu bondad por nosotros, qué inestimable la predilección de tu amor! Para salvar al esclavo, entregaste al Hijo” .

Esta lectura nos lleva a contemplar las bellas imágenes medievales de la “Pietas”. Nuestra memoria ante esta palabra, “pietas”, piensa en la Madre de Dios con su Hijo muerto, desfigurado, descendido en la cruz y acunado en su regazo. Sin embargo la imagen de la “pietas” para la naciente pintura gótica y su imaginería en los retablos, e incluso en algunas obras de arte renacentistas y altares del barroco, hace referencia al Padre Eterno, al Padre Grande, Creador del cielo y de la tierra, del cual Abraham es una figura, un tipos. El Padre sostiene en sus manos abiertas en Cruz, en su seno paterno, al Hijo amado, al único, que se ofrece en sacrificio. El Hijo está muerto, su Corazón se desangra en fuente de Vida, imagen del Espíritu Vivificador que brota de su costado perforado. El Hijo está muerto, con una mirada serena, en abandono confiado al Padre. Su Cruz son los brazos del Padre amado. No ha caído en el abismo de la muerte, en la oscuridad de la incomunicación, del abandono, en la cual nos exilia la muerte, sino que su sacrificio se vive en las manos del Padre, se deja caer en sus manos, se duerme en su Amor. Su Vida cae en las manos buenas del Padre. En la “pietas” lo desgarrador es la mirada del Padre, recibiendo en sus manos el sacrificio de su Hijo pareciera que su Corazón es el que se desgarra. De allí el nombre de “pietas” o “trono de la misericordia” a estas imágenes. La piedad no como una lástima superficial, sino como una verdadera compasión, un sufrir con el otro y en el otro. El Padre, en sus entrañas de misericordia, se sumerge por el amor, en el sufrimiento del Hijo para recibirlo, para acogerlo en Sí, para transformarlo por la resurrección al tercer día, en Vida para siempre. Isaac por la mano de Dios se salva de la muerte, Jesús debe gustar la muerte a favor de todos nosotros.

La Pietas nos habla de esta compasión de Dios que por la muerte de su Hijo –o admirabile commercium- nos salva de la muerte eterna, de la incomunicación eterna: “Dios no perdonó a su propio Hijo antes bien lo entregó por nosotros”[fn] Romanos 8, 32. II lectura de la Misa.[/fn].

Isaac que sube el monte llevando sobre sus espaldas la leña para el sacrificio y que se deja atar dócilmente es figura de Jesús que sube al calvario cargando con el leño de la cruz y sobre aquel madero extiende su cuerpo “qui cum passione voluntarie traderetur”[fn]“entregándose a su Pasión voluntariamente aceptada”[/fn] (Plegaria eucarística II)

Isaac es liberado de la muerte, el cordero enredado en las zarzas es sacrificado en lugar suyo, podríamos decir que es salvado por ese carnero. Así Jesús, como manso cordero, enredado por las espinas de nuestros pecados, que quiso asumir en las entrañas de su piedad, ofrecerá su vida en lugar nuestro para liberarnos de la muerte e incorporarnos, por su sacrificio de amor, a su Vida filial. Isaac, sacrificado en el corazón de Abraham en su fe y obediencia, será una de las figuras más preciosas del Sacrificio de Jesús y de su triunfo en la Pascua. La Iglesia al actualizar cotidianamente este Sacrificio de Jesús, en el cual nace y se vivifica, hará referencia al “Sacrificio de Abraham nuestro padre en la fe”[fn] Canon romano.[/fn] como una profecía del Sacrificio de Jesús.

Volvamos a la “pietas”: Jesús en los brazos del Padre ofreciéndose, los brazos del Padre como la verdadera cruz. Nunca debemos desesperar en nuestras oscuridades de la fe, en los sacrificios del corazón que debemos realizar como Abraham para ser fieles a la Palabra de Dios. Tantas cosas que en nuestra vida nos parecen incomprensibles, sin sentido, oscuras y dolorosas. Tanto dolor del alma y del corazón ante la incomprensión y los grandes desiertos en los que vivimos. Esta imagen de la pietas nos dice que esa cruz –aparentemente oscura y sin sentido- tiene sentido si la vivimos como Isaac, como el verdadero Isaac: Jesús el Hijo amado. Su actitud de dejarse llevar por el Padre, su obediencia, su docilidad de corazón, su fiarse totalmente de su palabra que vivifica y resucita. Nuestra cruz deben ser los brazos del Padre para que nuestra vida y todos nuestros pesos puedan caer en sus manos que nos crean y sostienen. La “pietas” nos habla también de que Dios no es una “fría apathetia”, un indiferente, un sabio relojero del cosmos que se ha ausentado de su obra. El es el Padre grande, impasible en su Vida Divina pero que por su amor ha querido hacerse “compasivo” o sea en su Hijo hecho hombre ha querido vivir el sufrimiento humano, la distancia del corazón humano vacío y sin Dios…Ha querido postrarse en Getsemaní y beber hasta las heces todos los abandonos en la Cruz para que el corazón humano, todo corazón humano, puede vivirse, pueda vivir su cruz, su sacrificio, su vida, como Jesús en los brazos del Padre. ¡Qué no haya cruces sin Cristo! ¡Qué no haya crucificados que no se experimenten acogidos y confortados por las manos del Padre compasivo, arropados en su Pietas que nos vivifica!

El Evangelio del día, el misterio de la Transfiguración, quiere también avivar esta esperanza. Jesús quiere que los mismos discípulos que contemplaran su “desfiguración” en Getsemaní, cuando como cordero del sacrificio cargue con todas nuestras injusticias e iniquidades, sean testigos de su radiante Gloria. La Gloria que tiene junto al Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. La Gloria que redundará plenamente en su cuerpo, humilde y pasible como el nuestro, sujeto al dolor, al hambre, a la sed, al cansancio, a la tristeza, a la muerte. Jesús quiere quitarles el aguijón de la cruz. Jesús va voluntariamente a la pasión, no coaccionado por fuerzas adversas. El Rey de la Gloria, la Luz de Luz, se entrega por sí mismo.

La Gloria es la otra cara de la Cruz. La Gloria es el Amor entregado de Jesucristo. También aquí podemos ver el icono de la Pietas. Fra Angélico de Fiésole va a pintar –con una intuición teológica agudísima- a Jesús transfigurado, en una de las celdas de San Marco de Firenze, con los brazos en Cruz. La transfiguración es la contratara de la Cruz. Jesús llega a la Gloria del Padre a través de su sacrificio de amor en la Cruz. No aparecen aquí los brazos del Padre que sostienen el sacrificio del Hijo pero sin embargo esos brazos se vislumbran como sostiendo al Hijo transfigurando y manifestándolo en su voz: “Este es mi Hijo amado, en el cual reposa toda mi complacencia, escuchadle”. Escuchando a Jesús podemos llegar a esa “Luz vivificante” que también transfigurará nuestro cuerpo de humilde condición a semejanza de su Cuerpo resucitado. Germen de resurrección que ya poseemos por la Gracia y que debemos, con nuestra paciente y generosa cooperación, dejar que nos vivifique e ilumine conformándonos más y más a imagen del Hijo amado, del Único, para que, en la Cruz y en la Gloria, podamos ser sostenidos y reposar en los brazos del Padre, en su “Pietas” que nos recrea.

El autor de esta homilía

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