Entre el tiempo y la eternidad

La liturgia imita en el tiempo Pascual, el tiempo que Cristo transcurrió con sus discípulos desde la resurrección hasta la ascensión al Cielo. Meditando las apariciones del Señor descubrimos con la Iglesia el mensaje central de la Pascua cristiana. El Señor se aparece a los suyos principalmente:

Para demostrar la verdad de la resurrección: Cristo debió convencerlos de que realmente había resucitado (“Después de la pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se les apareció y les habló del Reino de Dios”: Hech 1, 3). No podían entender lo que había sucedido. Lo habían visto morir con tanta violencia, con tanta sangre derramada, con tanto sufrimiento. Estaban llenos de temor, duda, desesperanza (Cf. Lc 24, 13-25).

Para convencerlos, primero, se manifiesta sensiblemente. El Señor se aparece una y otra vez. Les muestra su cuerpo glorioso, come con ellos, hace tocar su carne eterna: de día y de noche, en un huerto, en los caminos, en el cenáculo, sobre un monte, a orillas de un lago… (“Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos… lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida…”: I Jn 1, 1-2). Pero como “todavía no creían a pesar de que ya veían” (San Agustín), Jesús también los reprende y exhorta a la fe (“¡Hombres duros de entendimiento! ¡Cómo les cuesta creer lo que anunciaron los profetas!”: Lc 24, 25; “Les reprochó su incredulidad, y su obstinación, porque no habían creído”: Mc 15, 14; “¡Felices los que creen sin haber visto!”: Jn 20, 29).

Para instruir sobre su nueva condición gloriosa: Aparece y desaparece misteriosamente, se muestra con distintas figuras, está más allá de las leyes de este mundo.

Queriendo manifestar la gloria de la resurrección, no quiso vivir continuamente con ellos, como antes lo había hecho, a fin de no dar la impresión de que había resucitado a una vida igual a la que antes tenía… el trato continuo hubiera podido inducirlos a error…” (Santo Tomás de Aquino).

El Señor conserva el mismo cuerpo que había asumido “(Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo”: Lc 24, 39), pero ahora transformado por la resurrección (“Se siembran cuerpos corruptibles y resucitan incorruptibles; se siembran cuerpos humillados y resucitan gloriosos; se siembran cuerpos débiles y resucitan llenos de fuerza; se siembran cuerpos puramente naturales y resucitan cuerpos espirituales” (I Cor 15, 42-44).

Para habituarlos a la vida celestial: La encarnación enlaza el tiempo con la eternidad…pero en la resurrección incluso el cuerpo y alma de Cristo han pasado a la dimensión divina. Desde allí los visita para adaptarlos a la vida eterna. Dialoga con sus discípulos como con ángeles; se mueve en la tierra como en el mundo futuro consumado; comparte con los Apóstoles como si también ellos hubiesen resucitado y estuviesen ya en el Reino eterno. Representa una imagen del mundo futuro para la contemplación (“¡Serán como ángeles en el Cielo!”: Mt 22, 30).

Para moverlos a la resurrección del alma: Todos los hombres que hayan muerto resucitarán corporalmente. El problema es la resurrección espiritual (“Los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación”: Jn 5, 29). La resurrección debe ser principalmente espiritual (“Así como Cristo resucitó por la Gloria del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva”: Rom 6, 4). Por ello del Señor reafirma la enseñanza del Evangelio: envía a los discípulos a proclamar la fe, la conversión, el bautismo; otorga a los discípulos el poder de perdonar los pecados (“En su nombre debía predicarse la conversión para el perdón de los pecados”: Lc 24, 47; “Los pecados serán perdonados a quién ustedes se los perdonen”: Jn 20, 23).

Finalmente, para que, creyendo, den testimonio del poder y amor divino, que salva de la muerte y otorga la vida eterna: “Dios lo resucitó al tercer día, y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él después de su resurrección. Y nos envió a predicar al pueblo, y a atestiguar que él fue constituido por Dios Juez de vivos y muertos” (Hech 10, 40-43).

El autor de esta homilía

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