“Creo en la resurrección de la carne”

Dios quiere que vivamos su propia vida y vivos para siempre, esa es la buena noticia que es el punto y final de nuestro Credo: “Creo en la resurrección de la carne, en la vida eterna. Amén”.

En nuestros artículos citamos a menudo el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) fuente segura de la doctrina de la Iglesia e instrumento puesto a nuestra disposición para que “viviendo en un mundo con múltiples mensajes, cada uno pueda, gracias a él, educarse en la fe”.

Así encontramos allí esta definición: “La ‘resurrección de la carne’ significa que tras la muerte no sólo habrá vida para el alma inmortal, sino que incluso nuestros ‘cuerpos mortales’[fn]Rm. 8,11[/fn] revivirán”.[fn]CIC 990[/fn]

Creer en la resurrección de los muertos es un elemento esencial de la fe cristiana y por lo tanto, difícil de creer. Aceptamos con agrado que la vida de la persona humana continúa tras la muerte de cierta forma espiritual. Pero es infinitamente más difícil pensar que nuestro cuerpo mortal podrá resucitar en la vida eterna. Ya en tiempos de Jesús los Saduceos se oponían a esta creencia, mientras que los Fariseos y muchos otros esperaban la resurrección. Jesús mismo lo enseña con autoridad. Pero Jesús hace algo más que afirmar la verdad de resurrección de los muertos: liga la fe en la resurrección a su propia persona: “Yo soy la resurrección y la vida. El que crea en mí, aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees eso?”[fn]Jn. 11, 25[/fn].

Jesús mismo resucitará en el último día a los que crean en Él: “Quien escucha mi palabra y cree en el Padre que me ha enviado, obtiene la vida eterna y escapa del juicio, pues pasa ya de la muerte a la vida”[fn]Jn. 5, 24[/fn]. Y “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna; y yo le resucitaré el último día”[fn]Jn. 6, 54[/fn]. Da un signo y una prueba de ello devolviendo la vida a la hija de Jairo o a Lázaro[fn]Mc. 5; Jn. 11[/fn], anunciando así su propia Resurrección que será, sin embargo, de otro orden. De este ‘acontecimiento único’ habla como del ‘signo de Jonás’[fn]Mt. 12, 40[/fn] o del Templo que reconstruirá[fn]Jn. 2, 19-22[/fn]: anuncia su Resurrección al tercer día de su muerte[fn]Mc. 10, 34; CIC 994[/fn].

• “Resucitaremos como Él, con Él, por Él”.[fn]CIC 995[/fn] ¿Quién resucitará? ¿Cuándo? ¿Cómo? El Catecismo de la Iglesia Católica responde a estas preguntas.

Cristo ha resucitado con su propio cuerpo: “Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo”[fn]Lc. 24, 39[/fn]; pero no ha regresado a una vida terrestre. Del mismo modo, en Él, “Todos resucitarán con su propio cuerpo, el que tienen ahora”, pero este cuerpo será “transfigurado en cuerpo de gloria”[fn]Fil. 3, 21[/fn], en cuerpo espiritual[fn]I Cor. 15, 44[/fn]. El “cómo” sobrepasa nuestra imaginación y nuestro conocimiento; sólo es accesible por la fe.

¿Cuándo? Definitivamente el ‘último día’. “Pues Él mismo, el Señor, a una señal dada por la voz del Arcángel y la trompeta de Dios, descenderá del cielo, y los muertos que están en Cristo resucitarán en primer lugar”[fn]I Tes 4, 16[/fn]

En nuestros Equipos del Rosario, con la decena del Rosario meditado cada día, favorecemos nuestra unión personal con Cristo. Recordemos que el fruto del misterio de la Resurrección de Cristo es el don de la fe. Y día tras día, cada misterio rezado da su gracia particular. Terminaremos estas reflexiones con la exhortación del Papa Francisco: “Invocando la intercesión de la Virgen María, que guardaba cada acontecimiento en su corazón[fn]Lc. 2, 19-51[/fn], pidamos que el Señor nos haga partícipes de su Resurrección; que nos haga capaces de reconocerle como el Vivo, viviente y actuante en medio de nosotros. Amén

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